MEMORIAS DE GETXO

domingo, 11 de diciembre de 2011

CALLE PROLONGACION AMAYA - LA FRONTERA DE ROMO



La “Prolon” era la frontera de aquellos años, en ella se juntaban Romo y Leioa, entonces, igual que hoy, todo uno.

En la parte más próxima al Cine Arenal, estaban las nuevas edificaciones de protección Oficial de Viviendas de Bizkaia, a su derecha el limite con la Calle Santa Eugenia lleno de arbustos, justo enfrente, empezaban los arenales, lugar de mil juegos, desde pistas de canicas con sus peraltes, hasta partidos sin fin de fútbol, que habilidad tenia Jesús Mari Legarreta, persona invalida, pero provista de una destreza y fuerza increíble en sus brazos, lugar de famosas Sanjuanadas y charlas interminables a la luz de las hogueras.

Mikel Atxaerandio, todos los años cosía el muñeco, que presidía la cima de la hoguera, para la que se recorrían todas la zonas limítrofes, hasta conseguir, no sin competencia, de otras cuadrillas del barrio, las ramas y maderas que se iban amontonando, en torno al mástil de madera central, también se aprovechaba para quemar en ella todos los mueble o enseres que ya no tenían utilidad. La guinda de la fiesta siempre la ponía Antonio Cordón, que cuando llegaba del trabajo, sin previo aviso, daba fuego a las hoguera, lo cual provocaba un montón de carreras y algún que otro “taco”, por haberse perdido el comienzo de la Sanjuanada. El resto eran canciones y fiesta hasta las últimas brasas.

Todos los baserritarras de la próxima Leioa temblaban, porque con la llegada de la noche de San Juan, comenzaba una azarosa invasión de sus huertas, en busca de patatas y cualquier otra cosa que pudiera ser  asada en las brasas de las hogueras.

Mirando hacia la Boronita, en la subida a Gaztelueta estaban las casas de la Montañesa, a la izquierda, estaba la central de Iberduero, mas su izquierda había un charco, tan grande, que para los niños de la zona aparentaba un gran lago, el cual facilitaba todos los juegos “náuticos”, lugar de caza de ranas, sapaburus y libélulas, de alas increíblemente bellas.


Junto a este charco y por detrás estaba el primer “monte”, no tanto por tamaño, si no que comparado con aquellos chiquillos se pretendía inmenso, servia para un sinfín de juegos, así como para la caza de lagartos, de múltiples colores.

Continuaba una campa, a su izquierda, como todas ellas, llena de cardos, vegetación típica de zonas marítimas, flores, por supuesto en la primavera, así como multitud de mariposas de alas de arco iris. Era el territorio de los grillos y las cigarras, que por las tardes y noches, llenaban de sonido y misterio,  aquellos campos. Zona de mil batallas de pedradas, luchas con hondas, barricadas de piedra desde las que los enfrentamientos se creían más seguros.

Para llegar al Gran Montículo (Monte de pequeño tamaño), pero mayor que el anterior, y a su izquierda el gran ”lago”, charco entre montones de arena, lugar de baños, perdidas de alpargatas y playeras y en alguna desgraciada ocasión de vidas. Era la zona de los pinos, con sus sinuosas cuestas de blanca área, lugar para deslizarse y albardarse de aquella inmaculada y fina arena, de la que llegábamos a casa rebozados, y con las playeras chorreando agua y barro.

Con ello llegamos a la finca de Chavarri, sitio idílico para incursiones, con mayor o menor riesgo, por los perros o el guarda, lo que daba mayor aliciente a aquellas pequeñas travesuras.

Aquella frontera, como todas, paso a mejor vida y con ella llegaron, el cemento, los coches, la polución y todo aquello, que por un lado mejora nuestras vidas, pero por otro, acaba con una forma de vida, mas tranquila, armoniosa, sana, sin el estrés que provoca la ciudad, con ello se pierde la proximidad de la  naturaleza y sencillez de las gentes.

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