MEMORIAS DE GETXO

jueves, 19 de enero de 2017

LAS PRIMERAS BOYAS DE LA BARRA



A pesar de que el primer asentamiento humano en la Anteiglesia de Getxo cabría situarlo en torno a 1390, según el libro “Monografías de Pueblos de Bizkaia” de José María Beascoechea, ya en 1502 se habían comenzado a realizar las primeras instalaciones portuarias. Y es de este tema del que trataré en esta entrada, y de cómo en algunas ocasiones, gracias a la lectura de periódicos de época se puede llegar a obtener datos referidos a obras en nuestra Anteiglesia, ría y puerto, de carácter histórico.

En el caso que nos ocupa, estas obras siguieron los patrones de algunos puertos de Francia y Bélgica (Amberes), los cuales fueron modelos para la instalación de las primeras boyas de seguridad allá por el año de 1502 para los navíos que se adentraban en el Puerto de Bilbao, los cuales se encontraban con la peligrosa “Barra de Portugalete”. Aprovechando que citamos a nuestra Villa vecina, decir que: “...El límite con Portugalete quedó fijado en 1586 por sentencia de la Cancillería de Valladolid, elevada a Carta Ejecutoria. Según éste, media ría era de jurisdicción portugaluja y la otra media de Getxo...”

Existieron varias causas que motivaron la peligrosidad de la temida “Barra de Portugalete”:


Una de ellas era el continuo movimiento de las mareas, que provocaban la formación de playas en el tramo inferior de la ría. Con la llegada de la bajamar se movía la arena hacia las inmediaciones de Portugalete, formando una barra de grandes dimensiones, perpendicular a la ría, provocando el cierre de la entrada. En la misma se abrían pequeños pasos de difícil tránsito. Pasos que variaban en su emplazamiento y que se abrían a la izquierda de la embocadura. 



Otra de las causas de esta peligrosa barra eran las aportaciones provenientes de arenas, lodos y cascajos que del rio “Grezalzu” (Gobela) proyectaba: “...junto a la casa de Las Arenas, y desemboca frente a Portugalete...” Esta casa no podría ser otra que la del Consulado de Bilbao o la casa del barquero. Ese cauce más tarde sería cambiado y conducido en línea recta hasta desaguar en el mar junto a una peña que se encontraba en el paraje denominado “La Begoña”, en la esquina de la actual playa de Balanar (La Bola).

En 1502 se instalaron en la llamada “Barra de Portugalete” y en la ría unas boyas similares a las de los puertos anteriormente citados. La instalación de las mejoras de la entrada al puerto corrieron a cargo del Ayuntamiento de la Villa de Bilbao, Prior y Cónsules de Contratación de Burgos: “...quienes dieron encargo al maestro cantero Garita (hombre de mucho renombre en lo tocante a construcciones) y al agrimensor francés M. Giot de Beogrant. Estos estudiaron las obras que eran factibles de realizar para el amejoramiento de la ría hasta llegar a a Portugalete y la Barra...” En esa época lo que hoy conocemos como Areeta-Las Arenas, no era si no una zona de prados juncales semi encharcados, que se hallaban bajo los montes de “Gasteluz”.


En aquel tiempo eran muy frecuentes los naufragios y encallamientos en la misma ría de Bilbao y en la desembocadura por las peligrosas corrientes y los bajos de arena que estas provocaban. Pronto Garita y Giot de Beogrant se aplicaron con tal entusiasmo a la tarea encomendada, que no tardaron en presentar su plan de obras para la mejora de la navegación. Según su plan lo primero que había que realizar era desviar el curso del rio Grezalzu (Gobela), obligando a que desembocara junto a las peñas de Punta Begoña. La obra consistió en abrir un canal de 410 brazas de longitud por 5 de ancho y 1 de profundidad; y se construiría una estacada de 40 brazas de largo, reforzada con rocas y tierra, realizándose en la misma madre del río una presa; además la obra contaba con un puente sobre el cauce y un camino para carros bajo el puente en dirección a Las Arenas. Su costo estimado fue de 6.820 reales. El informe de los expertos parecía sacado de los de hoy en día, por su optimismo, decían: “...Esta obra será cosa fixa y de arte que dure para siempre...” Finalmente aquel proyecto no se acometió, en su lugar realizaron otro menos ambicioso, consistente en colocar a la entrada de la ría unas boyas traídas desde Flandes. Mientras el río “Grezalzu” (Gobela) sufriría modificaciones importantes, que lo llevarían a recorrer en paralelo las calles Errekagane e Ibaigane de Getxo, para seguir por Grabriel Aresti (Leioa) hasta su desembocadura actual en el río Udondo. Las últimas las hemos podido ver todos.



Las mentes pensantes de la época se dieron pronto cuenta de que el futuro de la Villa bilbaína estaba en la ría y por las informaciones que les llegaban de los expertos marinos, decidieron colocar, al igual que existían en otros puertos de Europa, unas boyas que aseguraran la navegación en la ría bilbaína. El procurador bilbaíno D. Juan de Bermeo acudió a la corte diciendo: “...los navíos y naos que salían por el canal de la ría, cerca de Portugalete, por la poca agua e a causa de estar siempre en un lugar muchos navíos y gente, se perdían bastantes de estos..., que habiendo esta villa fabricado y colocado ciertas boyas en la barra a fin de que los navíos no se perdiesen, lo cual interesaba a los mercaderes, maestres y tripulantes y al real servicio, se debía autorizar que lar mercaderías pagasen un tanto para el sostenimiento y personal de dichas boyas...” La corte contestó que se informara al “Corregidor del Condado de Vizcaya” el licenciado D. Francisco de Vargas, para que dictaminara sobre la materia, finamente parece que su informe fue positivo y se llevó a cabo la instalación de aquellas boyas. El concejo municipal y la Casa de Contratación de Bilbao, en 1511, presentarían una incitativa real al corregidor para que informara de la necesidad de imponer un gravamen sobre los navíos para reemplazar las seis boyas que se habían perdido en la ría. Este fue el primer proyecto para mejorar la barra frente a Las Arenas y Portugalete, pese a que el primer barrio aún no se había comenzado a construir, y era tan solo una marisma. Los detalles de esta obra constan en el registro numero 201 del archivo del Ayuntamiento de Bilbao.


No fue esta la única indicación que se utilizó para la entrada de los navíos en la ria, en 1791 se instalo un sistema de señales, mediante banderas, que eran colocadas en el fortín de San Ignacio (Usategi), las cuales podían ser vistas desde Artxanda. Aquellas indicaciones eran sumamente necesarias para la navegación, ya que en el periodo que iba desde 1715 a 1795 naufragaron en el Abra 14 barcos, pero esos serán temas para una próxima entrada. Las medidas para el salvamento de náufragos, de buques encallados o hundidos por los temporales y barra se sucedieron a través de los años, buena prueba de ello es que el 28 de marzo de 1885, el “Club Náutico de Bilbao” daba cuenta de una suscripción para “...Establecer una Estación de Salvamento de Náufragos en la Barra del Nervión...” A la cifras conseguidas hasta esa fecha 38.475,75 pesetas venían a unirse las donadas por el comandante del vapor ingles “Guyenne” y del capitán y tripulación de otro de nacionalidad española el “Rivera”, que subían la cifra hasta los 38.580,75 pesetas. Con ello quedaba claro, que todos los barcos y compañías navieras estaban interesados en lograr, aunque fuera a través de una suscripción, la seguridad de la Barra de Portugalete.

lunes, 16 de enero de 2017

LA PLAYA DE LOS NIÑOS



La playa de los niños”, “el paraíso de los niños”. Con estos singulares nombres se conocía a una de las playa de nuestro municipio, la de Areeta-Las Arenas, también llamada “Ondarreta”. Sus arenas y aguas bravas eran dignas de admiración en 1876. Sin embargo, al estar en mar abierto, la fuerza del mar, en más de una ocasión, puso en peligro a animosos bañistas e instalaciones balnearias. Así lo contaban las paginas de prensa a primeros de agosto de ese año: “...un joven empleado del balneario de “Baños de Mar Bilbaínos” tuvo la desgracia de ser arrastrado por la corriente del mar, algo enfurecida..., una hora después de sucedido el percance no había vuelto en si...”

Eran los tiempos en que estaba en construcción parte de la defensa del balneario, su muro de contención, y se anunciaban las primeras llegadas de veraneantes desde Bilbao a nuestras playas: “...Ha empezado un movimiento no conocido, hasta hoy, de carruajes, vapores y vehículos con toda clase de gentes, que se dirigen sin cesar a Portugalete, Algorta y Las Arenas, sitios deliciosos que tanto embellecen nuestros alrededores...” Tiempos en que las aguas de nuestra playa eran un vergel marino para la pesca del txipiron. Se llegaron a contar hasta 67 lanchas faenando esta especie en agosto de 1885.


Fue en 1888 cuando se inauguró un nuevo balneario. Pertenecía a Dña. Felipa Bustingorri, propietaria del Hotel “Las Delicias”. Estaba junto a la playa de Las Arenas, en el que se anunciaban por primera vez, los famosos helados “Las Delicias”, de mantecado, albérchigo, fresa, limón y ponche a la romana, placeres que algunos niños disfrutaban camino de la playa. Durante ese mismo año, en el mes de julio, el balneario de los Aguirre, durante una de sus múltiples fiestas estivales, dedicó una polka con el sugerente nombre de “Las Arenitas”, seguramente dedicada a esa bella playa.

Pese a que habían visto mermar su espléndido tamaño, antaño 1,5 kilómetros en su pleno apogeo, que se extendía desde Churruca a Balanar (La Bola), a finales del Siglo XIX, no por eso dejo de ser una de las playas más tranquilas y seguras de Bizkaia. Sus arenas eran blancas y suaves, sus aguas tranquilas para la seguridad de los pequeños, sus servicios eran otra de las características que la hacían ser cotizada por los veraneantes, que llegaban de todos los puntos geográficos.


A finales del Siglo XIX, nuestra playa estaba casi tomada por las plataformas de las casetas de baño, que tiradas por yuntas de bueyes, acercaban a los tímidos bañistas hasta la orilla del mar; más de un caballista se dirigió corcel en mano hacía aquella espectacular playa. Eran famosas en la época las casetas de baño de Nicasio Román por su característico color blanco y chocolate. Y a pesar de que la playa era inmensa, las casetas de baño copaban casi toda su extensión. Ahora, a pesar del reducido tamaño con el que habían quedado sus arenas, (apenas 250 metros), ganaba en seguridad porque estaba al resguardo del los contramuelles, las casetas de baño. Además los bañeros y las maromas ampliaban su seguridad.

Era habitual ver pasear a señoras de punta en blanco, luciendo sombrillas estampadas, tocadas con pamelas a la última moda de Europa. Los caballeros lucían también sombreros canotier (gondolero) o bombín, que contrastaba con los vetustos atuendos de los bañeros. Los niños de la alta burguesía lucían inmaculados trajes de marineros, tocados de sus respectivos sombreros o viseras. El grueso de los bañistas, más discretos, vestía sus atuendos habituales, cubriéndose con tradicionales pañuelos o txapelas. Los hábitos en cuanto a la indumentaria, fueron variando con el paso del tiempo.


Iban desde los trajes casi conventuales de finales del Siglo XIX en que las señoras se enfundaban para cubrir sus formas hasta los trajes formados por camisa pantalón, que cubrían mulos y subían hasta el cuello. El color que dominaba era el negro, que evitaba cualquier insinuación pecaminosa. Pasaron, a principios del XX, a ser también largos, más atrevidos insinuando cuerpo, a rayas horizontales, en los que ya entraban los tonos claros. 

En 1925, comenzaron a aparecer algunas cámaras fotográficas. Resultaba curioso ver a los fotógrafos en medio de corros de niños y personas de edad, en una playa de Las Arenas, que dejaba ver tras su paseo edificios, hoy ya desaparecidos. Entre ellos la antigua iglesia de Las Mercedes.


En los años 30 se seguía manteniendo la costumbre de estar vestido, incluso de traje, en la playa. En los 50 los hombres llevaban trajes de baño de una pieza, que podían ser alquilados en las casetas de “Rita la bañera”. Eran los conocidos como “taparrabos” que llegarían a finales de los 50. A partir de ahí el traje de baño evolucionó rápidamente y con la llegada del “bikini” a mediados de los 60 el cuerpo, sobre todo la mujer, se libró de las llamadas “capas de cebolla”. También el material playero durante la primera década de mediados del Siglo XX (1950) fue cambiando, y a pesar de que las casetas de baño aún eran las reinas de la playa, habían reducido su tamaño, y eran de tela a rayas, fijadas mediante vientos. También se alquilaban las sillas de mimbre con techumbre, aunque estas ya se usaban a principios de los años 30.


Durante esos años y los 60 la primera línea de mar estaba tomada por los botes de remo, algunos varados en la arena y otros como autenticas plataformas de salto; eran embarcaciones que provenían de embarcaderos cercanos, aunque muchas de ellas habían salido del dique de Portugalete. Esa costumbre era antigua, ya que en algunas fotografías de 1928, también se podían apreciar esos botes de remos, en un frente playero lleno de casetas de lona.

La playa de Las Arenas parecía estar acotada, según la procedencia de los bañistas, la zona izquierda, la más próxima a Churruca, era sobre todo lugar de esparcimiento de los habitantes de la margen izquierda; la zona central era área de solárium de los habitantes del barrio arenero, y la derecha parecía estar reservada para los procedentes de Romo y la calle Urkijo, aunque muchos de estos, al igual que decenas de jóvenes de todo el barrio, prefirieran el embarcadero como lugar de baños. Las llegadas a las playas también se efectuaban siguiendo rituales recorridos, los de la margen izquierda de la ría lo hacían por el Muelle de Evaristo Churruca, los de Areeta-Las Arenas preferían, en general, seguir la senda de las calles Arieta o Barria, aunque también, al igual que los de Romo accedían por Miramar. En general, había un hábito de vestimenta entre los niños y jóvenes. Predominaban la zapatillas blancas, las populares “Bamba”, portando bajo sus brazos una toalla enrollada en forma de tubo. Los que llegábamos por Miramar, al acercarnos a la fuente de Zugazarte, ya percibíamos el aroma inconfundible del yodo marino, que traía una refrescante brisa pelágica, era señal de que en breve arribábamos a nuestra querida playa.


Ya solo faltaban los velomares y los anuncios flotantes, pero con ellos llegó la contaminación de las aguas, fruto de la industria y los vertidos de fecales, que a veces nos pasaban rozando, de los que se solía decir, como en la famosa canción bilbaína: “...Entre las angulitas había un pez gordo, arrimamos el farol... y era un MOC..., así de grande y así de gordo...” Así aquella fantástica playa, que un día viera pasear por sus orillas a la distinguida clientela de la casa de “Baños de Mar Bilbaínos”, a que la prensa denominara “La playa de los niños” fue degradándose y perdiendo a los pequeños revoltosos, que aportaban alegría y vida a aquella incipiente población. Rapaces que con sus camisolas y gorros blancos iluminaban los días del estío.


En ella formaban parte del paisaje: Los guarda playas impecablemente vestidos de blanco, cuerpo que en mayo 1929, destinaría a uno de sus miembros a la playa de Las Arenas, estableciendo que el servicio se desarrollara de 9,30 a 13,30 por la mañana y de 16 a 20 horas por la tarde. Todos ellos eran requeridos con cierta estatura, rondaban 1,75 de media. El guarda playa asignado a Las Arenas fue D. Fulgencio Larrazabal. A todos ellos se les realizó un pequeño examen destinado a comprobar sus conocimientos de las obligaciones del cargo, y entre sus cometidos estaba: “...el que todos los bañistas debían usar inexcusablemente para desnudarse las casetas o cabinas...”, solamente eran escusados del uso los menores de 6 años. También los barquilleros con sus inconfundibles tambores de colores con ruleta de la suerte al hombro. Y algunas señoritas de compañía, que cuidaban a los niños de “familia bien”. No era extraño ver, sobre todo en la zona izquierda de la playa, a jóvenes enjabonándose (aún no habían llegado las duchas). Los amigos del lucimiento, jóvenes en pleno apogeo vital, aprovechaban la audiencia para improvisar espectaculares saltos en plancha, sobre una orilla prácticamente sin agua. Los bloques, en los años 50-60 fueron otra de las atracciones para practicar el salto, esta vez sí, con suficiente calado.


Hoy, gracias a los tratamientos de las aguas industriales y residuales, los vertidos contaminantes que antes iban directos a la ría, y con ello a nuestras playas, poco a poco hemos visto mejorar la calidad de las aguas y la del propio litoral. Nuestra playa y sus aguas están volviendo a ser lugar de baños, recuperando a visitantes, amantes del sol y mar, quizá algún día vuelva a ser "La playa de los niños". Y rememorando los versos de “Wordsworth”. Finalmente decir: ”...Aunque mis ojos ya no puedan ver ese puro destello, que en mi juventud me deslumbraba..., el recuerdo de aquellos días subsistirá para siempre...”.



jueves, 12 de enero de 2017

LA ESCUELA DE NAUTICA DE ALGORTA



La Escuela de Náutica de Algorta nació al albur del Decreto del 8 de julio de 1787, que ordenaba la fundación de escuelas de pilotaje y marinería en todos los consulados de mar y puertos habilitados para el comercio con las Américas.

Pero su fecha de creación no se puede fijar hasta el 28 de abril de 1868, fecha en la que el Ayuntamiento de Getxo abrió un expediente, para la transformación de la Ermita de San Nicolás de Bari de Algorta en Escuela de Náutica. La Ermita de San Nicolás de Bari fue construida en la década de 1650-1660, siendo Párroco de Santa María de Getxo D. Plablo de Alday. En 1808 comenzó a funcionar como parroquia, se cerró al publico el 2 de julio de 1863.

El lugar elegido para la escuela fue dicha ermita, situada en la bajada de la calle San Nicolás, al llegar a la plaza de Jenaratxu, edificio que fue en su tiempo la antigua perrera (calabozo) del Puerto Viejo. Al comenzar el expediente, el consistorio decía: “...El Ilustre Ayuntamiento de la Anteiglesias de Getxo estudiadas las urgentes necesidades de formar una escuela de Náutica y las ventajas que de ella reportarán al vecindario y juventud, erigir una casa que suministre los departamentos convenientes y capacidad al efecto, y habiendo reconocido el antiguo edificio de la Iglesia de San Nicolás de Bari de Algorta..., en los conceptos que requiere la instrucción de la navegación es inmejorable, puesto que desde sus salones se verán continuamente abundantes operaciones de maniobra que son importantes para los alumnos de la carrera de pilotos...”

El edificio, era propiedad del Obispado de Gazteiz, y hacía años, en 1863, que había visto cerrar sus puertas debido al estado de ruina que presentaba. Otro de los motivos de la elección era que al poder aprovechar las paredes de la antigua ermita, se abarataba el costo de construcción. El Consistorio, antes de preparar los planos para su remodelación, solicitó el preceptivo permiso al Obispado. Quien indicó el método que debía seguir la construcción del citado edificio: las paredes del edificio debían ser apeadas, a excepción de las que daban al este, oeste y sur, sin que el mismo impidiera el paso público. La mampostería y sillería tenían que ser extraidas de las canteras del Pueblo. El replanteo debía de realizarse dejando el suelo del edificio a 186 milímetros por encima del suelo existente de la iglesia. Se hacía desaparecer la forma ovalada que tenía la pared este de la ermita. De esta manera se iba describiendo cómo se iban a desarrollar las obras del nuevo edificio. El presupuesto para aquella obra ascendió a 5.930 escudos.


El 4 de enero de 1868, el obispo de Gasteiz dirigió un escrito al Ayuntamiento de Getxo, en el que decía: “...Depuradas más y más las noticias del uso y destino que ha tenido en tiempos anteriores la Ermita de San Nicolás de Bari de Algorta, y habida ya seguridad de que allá fue construida con el único fin de celebrar la Santa Misa, para que los dedicados a la pesca pudieran cumplir el precepto de audición más cómodamente, como así se ha verificado, y que si alguna vez llegó a inhumarse algún cadáver, ha transcurrido tanto tiempo que no puede tener inconveniente alguno de que sea habilitado dicho lugar, ni por otra parte se falte a las disposiciones vigentes, vena dar y por el presente doy la licencia necesaria para que la referida Ermita de San Nicolás de Bari de Algorta pueda dedicarse a escuela de Náutica...” Así, el obispo daba su autorización para la remodelación del nuevo edificio, pero ponía la condición de que: “...en la pared que sirva de portada al mismo edificio, o bien en otro punto muy visible del mismo, se coloque incrustado, o en otra forma, una cruz que indique haber sido santo, dicho local...” Firmaban el acta D. Domingo de Arteta primer teniente de Alcalde de la corporación municipal y el secretario D. José de Abarrategui.

Para la ejecución de las obras se presentó un plano fechado el 29 de abril de 1868, en el que se recogían unas vistas de alzado del edificio así como una sección del edificio; en las plantas en las que se recogía la distribución del edificio, se indicaba sombreado con negrilla las paredes que se iban a aprovechar (Ver fotografía superior).

El 11 de diciembre de 1868, D. Martín de Berreteaga, en representación de la Cofradía de Mareantes, se dirigía por escrito al Ayuntamiento de Getxo, exponiendo lo siguiente: “...la Cofradía de Mareantes en cuya representación comparezco, como Mayordomo, en junta general celebrada el día 24 de febrero último, acordó que cedía al municipio todos los derechos que tenía adquiridos en los consumos de vinos y aguardientes, de esta Anteiglesia a virtud de escritura que entre esa corporación y la representada por mi, se otorgó el año de 1842, pero con la condición de que por esa parte se había de establecer el próximo año en el edificio destinado al efecto, una escuela de Náutica...” En aquel escrito, recordaban que la citada escuela debía servir para formar a los jóvenes como pilotos, y que el sostenimiento de la misma debía correr a cargo de la corporación local.

El 2 de octubre de 1868 la “Diputación General del Señorío de Vizcaya” autorizaba a sacar a remate las obras de la Escuela de Náutica. El 4 del mismo mes el Ayuntamiento de Getxo firmaba un decreto por el que dichas obras salían a remate y colocaba en lugares visibles de todo el Pueblo dicho decreto. El 18 de octubre de 1868 se firmaban el otorgamiento de la escritura, por decreto del día 4 del mismo mes, de la Diputación General, ante el notario y vecino de la propia Anteiglesia de Getxo D. José Manuel Sarría, firmaban la misma D. Luciano de Alday y el regidor D. Juan Ramón Arana. El 12 de abril de 1870 las obras de la Escuela de Náutica, realizadas por D. Antonio de Uriarte, habían concluido y que habían sido revisadas por el maestro de obras (titulo equivalente al de arquitecto municipal) D. Francisco Ciriaco de Menchaca.

El 8 de marzo de 1879 se firmaba el documento de cesión de la Ermita de San Nicolás de Bari para Escuela de Náutica, ante el notario de Portugalete D. Ricardo de Vildosola, entre las representaciones del “Ayuntamiento de Getxo” y de la “Cofradía de Mareantes del Puerto de Algorta”. El documento se titulaba “Escritura de convenio obligación y renuncia de derechos”. Entre los asistentes a aquel acto se encontraban: D. Ignacio de Arias (Notario del Colegio del Territorio de la Excelentísima audiencia de Burgos), D. Martín Berreteaga (Mayordomo de la Cofradía de Mareantes del Puerto de Algorta). Mediante aquel acto quedaba rescindido el convenio celebrado entre ambas corporaciones en el año 1842; a la vez que se nombraban las comisiones para establecer las condiciones de la escritura de la Escuela de Náutica. Por parte de la Cofradía fueron nombrados D. Julián de Mandaluniz, D. José Antonio de Uriarte y D. Mariano de Arana. En dicha escritura se establecían: “...los derechos correspondientes al Puerto en los impuestos municipales y el establecimiento de la Escuela de Náutica...”. Se celebró una Junta de la Cofradía, el 24 de febrero de 1878, en el salón del “Etxetxu”,bajo la presidencia del Alcalde de Getxo D. Ramón de Arecheta, en la cual se decía: “...estando convocados y reunidos en junta de hermanos cofrades los mareantes de este Puerto..., con su Mayordomo D. Angel de Zabala..., a petición de éste, se acuerda relevarle, pasando al cargo de Mayordomo su segundo D. Julián de Manzaluniz, además de a los señores D. Martin de Berretega y D. Eulalio de Madariaga...” En dicha junta se nombró una comisión encargada de revisar las cuentas del Puerto en la misma también se reclamaron al consistorio: “...los impuestos municipales en consumos de vinos, aguardientes y licores...”.


Resultaban curiosas las expresiones “Este pobre Pueblo” o “Este sensato Pueblo”, las cuales aparecerán en muchos párrafos de los escritos, tanto de escrituras como de cartas protocolarias, que no eran si no una manera de tratar de ahorrar en el pago de tributos. Pero en dicho escrito, si algo se expresaba con claridad era que: “...el gremio de Mareantes de este Pueblo renuncia para siempre a todos sus derechos..., a favor del Ayuntamiento..., de la referida Escuela de Náutica...” Pero salvaguardaba sus derechos la Cofradía de Mareantes con el siguiente párrafo: “...Que en el caso inesperado de que el Ayuntamiento una vez aceptadas las condiciones que preceden dejare de cumplirlas en todo o en parte el gremio tendrá derecho de pedir la nulidad del todo...” Aquellas escrituras quedaban en manos de D. Ricardo de Vildosola (Notario de Portugalete). El director y maestro de aquella escuela fue D. Eusebio de Echaniz.

Pero como casi todo en esta vida tiene un final, a la Escuela de Náutica también le llego su hora. La escasez de alumnos provocó que en abril de 1882 se viera avocada al cierre. Esto llevó a que fuera necesario estudiar la situación legal en que quedaban los acuerdos firmados entre Ayuntamiento y Cofrades, por lo que se solicitaron varios informes legales a diversos juristas, entre ellos D. Salo de Zayas, D. Lorenzo de Areilza y a un abogado bilbaíno de apellido Sr. Ugalde. En el informe que realizó uno de estos abogados D. Lorenzo de Areilza se indicaba que: “...Habiendo estudiado la escritura de convenio, obligación y renuncia de derechos otorgada en 10 de noviembre de 1879..., y las actas de acuerdos y decretos así como la escritura de 1842..., así como la escritura de obligación y compromiso del 1 de agosto de 1880..., y debido a que la escuela está destinada a cerrarse por la falta de alumnos..., su director D. Eusebio de Echaniz ha cesado en su cargo con el beneplácito de la Corporación Municipal...” A partir de ahí se planteaba el destino que se tenía que dar a aquel edificio que había albergado a la Escuela de Náutica y a sus fondos, respecto al cese de funcionamiento era claro que: “...el Colegio no lo constituyen el maestro y las paredes, si no que lo esencial son los alumnos, sin los cuales no tiene razón de ser. La escuela cesa por falta de alumnos, independiente mente de la voluntad del Ayuntamiento, ajeno a su voluntad y contrario a sus deseos...” Al parecer el tema de los arbitrios de bebidas alcohólicas causó algunos problemas de interpretación legal, ya que se consideraba que no podía ser la Cofradía quien cobrara la parte alícuota de aquellos los impuestos, por lo que se solicitaron varios informes legales a diversos juristas, entre ellos a D. Salo de Zayas, D. Lorenzo de Areilza y a un abogado bilbaíno de apellido Sr. Ugalde. En el informe emitido por el Sr. Areilza se decía: “...llega por tanto el momento de en que debe empezar a satisfacer los 10.000 reales anuales a la Cofradía de Mareantes, no creo que habrá la menor dificultad en que esta suma figure en los presupuestos...” Aquel derecho de la Cofradía que venía de antiguo, se temía que pronto pudiera dejar de cobrarse por: “...que se teme que muy pronto vendrá la nivelación tributaria de estas Provincias con las de Castilla...” Así que se aconsejaba, dada la falta de antiguos justificantes, y a la mayor brevedad: “...y bajo la base de la escritura del 10 de noviembre de 1879, capitular con la Cofradía de Mareantes la suma de a esta se debe, y acordar su pago en unos cuantos años...” Al parecer no tenía que haber problemas para tomar esa decisión, y así lo indicaba en dicho informe: “...sé que casi los mismos individuos de la Corporación Municipal son los de la Cofradía, y porque una vez los fondos en manos de la misma podrán ser invertidos en obras de provecho, sin necesidad de los requisitos y autorizaciones que son indispensables en el Ayuntamiento...” Dentro de las opciones que se barajaron para el destino de aquellos fondos estaban el sostenimiento de una Escuela Nocturna para adultos, socorrer a viudas y huérfanos para emplearlos en trabajos del Puerto.


Este viejo edificio ha permanecido bajo la administración municipal a lo largo de los años. Ha tenido diferentes funciones, entre ellas la de calabozo o “Perrera”, vivienda del contramaestre del ayuntamiento, vivienda de maestros. Se le denominó también “La casa de los Maestros”, porque en ella vivieron durante muchos años cuatro maestros, Dn. Antonio, Dn. Bernardo y dos maestras; también fue residencia de un Sobrestante del Ayuntamiento Juan Sáez, padre de “Pajarón”.


Así fue como nació la Escuelas de Náutica de San Nicolas de Bari de Algorta que aportó un innumerable número de afamados pilotos a este Municipio. Hasta aquí un pequeño apunte sobre ella. Estos datos están sacados de los expedientes municipales: Libro de decretos de 1868 expediente 4657-8 y del de los expedientes del mismo año 4602-8 y 4625-9.

lunes, 9 de enero de 2017

LA CASA DEL CONSULADO DE BILBAO


La ría de Bilbao, la Villa y sus riveras eran visitadas por naos de todos los países. A la misma confluían comerciantes de toda Europa a bordo de grandes bajeles. Ello motivó que los comerciantes vieran la necesidad de establecer un cuerpo que dictase normas y leyes para resolver, evitar pleitos y discordias entre los mismos. A ese nuevo organismo lo denominaron “Universidad y Casa de Contratación”, aunque popularmente fue conocido bajo el nombre de “Consulado de Bilbao”. Sus instalaciones, casas, estuvieron asentadas en la Villa, pero también lo hicieron en Areeta-Las Arenas.


La casa del Consulado de Bilbao, en Areeta-Las Arenas, estuvo situada en el Muelle de Tomás Olabarri. En la Historia del Consulado de Bilbao de D. Teofilo Guiard ya se le menciona en 1598. De ella se decía que en esa fechas ya existía la primera edificación, que no era si no una pequeña casa, para los menesteres de salvamento y socorro de naos naufragadas, habitación del billetero, almacén de jarcias, pertrechos y cables de auxilio. Esta casa fue ampliada en 1735 con un cuerpo de edificio. La jurisdicción del Consulado se extendía a lo largo de la ría hasta alcanzar la barra (desembocadura) de Portugalete.


En un plano de 1753 (ver fotografía superior), parecen recogidas tres edificaciones próximas a la ría. En el mismo se indica “Casas del Consulado”. En 1754, tras una explosión que dejó en ruinas el edificio, fue reconstruida de nuevo; constaba ya de dos cuerpos: uno para habitación del billetero y guarda de la universidad, así como de un local de asistencia para los Priores y Cónsules, para cuando realizaban visitas de jurisdicción; el segundo destinado a lonja de pertrechos de socorro, depósito de mercancías que eran arrojadas al mar por los náufragos. En 1586 era billetero del Consulado D. Juan de Mendieta.

Las primeras referencias escritas que he localizado aparecen ya en documentos del Consulado de Bilbao de finales de junio de 1761. Entre ellos se cita a D. Manuel de Viar Bustinza billetero y guardarría de Las Arenas, natural de la Villa de Portugalete, quien solicitaba las llaves de la casa nueva del Consulado de la Villa de Bilbao, sita en dicha localidad, para su cuidado. Desde la misma los Priores y Cónsules, dirigieron las obras de los muelles, que como decía D. Miguel José de Maruri en febrero de 1788 se hallaban: “...frente de Portugalete, en las Arenas de Guecho...”. En 1877 el edificio se encontraba en un lugar donde anteriormente existió una casa de tablas, junto al muelle de la ría, frente a Portugalete y que se hallaba cerca de la casa de D. Simón de Maturana.



Aquellos guarda rías tenían entre otras funciones la de evitar que las mercaderías se desembarcaran fuera de los muelles destinados a tal fin en la Villa de don Diego. Decía uno de los artículos de las “Ordenanzas de la ilustre Universidad y Casa de Contratación de Bilbao” de 1737: “...la lengüeta principal de los arenales, que esta destinada para solo la descarga de mercadería. Se ordena que de hoy en adelante ningún Baxelero, Gabarrero, Barquero, ni otra persona alguna pueda descargar esas mercancías en lugar no destinado a las mismas...” Entre otras funciones, según se convenía en el Capitulo XXVII de las mismas, tenían los guarda rías las de: “...dar cuenta al Pior y Cónsules, de lo que contraviniera, las obligaciones de: No permitir que Gabarra alguna se amarre a boya, cable, calabrote o cabo que tenga dado cualquier navío a tierra o agua..., ni saque para los navíos…, de otro paraje que no no sea de desde debajo del Convento de San Mamés...” Así, limitaban tanto el desembarco de mercaderías en los sitios no destinados a las mismas o de arrojar a la ría desechos, zaborra o arenas que colapsaran el cauce. También entraba en sus funciones, en caso de crecida del caudal de la ría por lluvia o nieves: “...pasar por enfrente de los navíos de la ría, llamando a sus capitanes para que echen nuevas amarras...” De todo esto, y otras cosas, se ocupó el Consulado de Bilbao hasta mayo de 1829, fecha en la que por Real Orden se promulgó un nuevo Código de Comercio, y las funciones del Consulado pasaron al Ministerio de Hacienda.



La casa del Consulado de Bilbao vería llegar sus últimos días en noviembre de 1872, fecha en la que los vecinos de Las Arenas, ante el deterioro y ruinas que presentaba, solicitaron el derribo de la misma. Decían los vecinos y propietarios en aquel escrito dirigido al consistorio: “...se proceda mediante expediente a gestionar cerca de la autoridades competentes el derribo y demolición de la Casa de Obras Públicas del Gobierno, situada en la Plazuela de Las Arenas...” El Consistorio se unía a aquella petición diciendo: “...de que tanto la conveniencia, ornato público y la necesidad así lo reclaman, porque no cabe duda alguna hallándose casi en el centro de la Plazuela, el edificio, imposibilita el libre acceso de carruajes, que es su principal destino, originando varias veces consecuencias desagradables y hasta desgracias en los viajeros...” Por lo que elevaron aquella decisión al Gobernador de la Provincia para que tomara en consideración dicha petición. Este hecho nos lleva a situar con precisión la localización de aquella casa en la actual plaza del Puente Bizkaia.


Eran los tiempos de la Alcaldía del D. José Julián de Mandaluniz. Estos datos están sacados del libro Ordenanzas de la ilustre Universidad y Casa de Contratación de Bilbao” de 1737, “Historia del Consulado de Bilbao de D. Teofilo Guiard” de 1598 y del libro de actas del Archivo Municipal de Getxo de 1872.

domingo, 25 de diciembre de 2016

EL CUENTO DE DICIEMBRE DE J.J. RAPHA BILBAO



Bajo el nombre de “La gata del abuelo se llamaba Audrey” J.J. Rapha Bilbao nos trae otro de sus fantásticos cuentos, recreado en la gata Audrey, que correteaba por las arenas de Arrigunaga, sujetada por el arnes, que los domingos de buen tiempo le ponía el abuelo, para jugar en la playa con las cáscaras de los mejillones. 

Para enlace clicar:




martes, 20 de diciembre de 2016

YA ESTÁ AQUÍ LA NAVIDAD


Decían a mediados del Siglo XIX que: “...A medida que se acercan las fiestas de Navidad, la política pierde todo su interés, las noticias escasean y el tema obligado de la inmensa mayoría de las conversaciones es el pavo y los regalos que ciertos personajes en situación privilegiada van a obsequiar a senadores y diputados fríos, para entrarlos en calor..., ¡Vaya, parece que después de tantos años nada hubiera cambiado!...” Hoy los pobres siguen siendo pobres y los pudientes y más favorecidos esperan sus regalos, mientras otros no tienen ni para calentar sus casas. Ya va siendo hora de que el estado de estas cosas se revierta y que todos tengamos igual, o al menos, más equilibrado el derecho al reparto del pastel.

Y quizá parodiando los bertsos de Natxitua decir que en el aguinaldo de este año nuevo, muchos desearan que:

...daukanak ezdaukanari,
nik ezdaukat eta niri,
niri emoten eztostena
beti dabilela larri...”

...el que tenga a quien no tiene,
yo no tengo y a mi,
quien a mi no me diere
ande siempre apurado...”

Así, sin olvidar el pasado, pero deseando que el presente cambie. Como todos los años, llegada estas fechas que algunos celebramos y otros rechazan por diferentes motivos, no quiero dejar pasar esta oportunidad, sin desearos a todos que paséis unas felices fiestas de navidad, en compañía de vuestros seres queridos, sin olvidar a todos aquellos que por distintos motivos no puedan compartirlas con nosotros, o no tienen con qué celebrarlas.

En estos días comienzo otro de mis periodos vacacionales para dedicarlo a mi familia y sobre todo a mi nieta. Descanso que también servirá para preparar nuevos temas. Volveré con esas nuevas entradas el próximo día 9 de enero del 2017.


!ZORIONAK eta URTEBERRI ON!

lunes, 19 de diciembre de 2016

LOS PAVEROS Y EL AGUINALDO




Dos tradiciones asociadas a la navidad, los Paveros y el Aguinaldo, con un primer protagonista: El pavo, majestuoso animal del que Plutarco nos habla de la danza que Teseo bailó ante el altar de Afrodita y de Apolo, en Delfos, tras vencer al minotauro en Creta. En algunos años fue todo un símbolo de la llegada de las Navidades en Las Arenas y otros barrios de Getxo.

Al acercarse estas fiestas, ya desde la víspera, era frecuente ver la presencia de unos campesinos que provistos de un largo cayado, caña con la que conducían una colorida piara de plumíferos, de cabeza despejada con roja y larga papada colgante, piel rugosa que se extiende debajo del cuello, cual mocos tiesos, luciendo una poblada cola de brillantes colores.

La imagen del pastor a algunos se nos antojaba revestida de cierto aire casi marcial. Eran los Paveros que venían a Las Arenas en el Ferrocarril, desde Bilbao. Su ruidoso recorrido se iniciaba desde la estación, que entonces se encontraba en la confluencia de las calles Santa Ana, Mayor y Andrés Larrazabal, en plena Calle Mayor. Al salir de ella, iniciaban el cortejo por medio de dicha calle, hasta llegar a unos terrenos cercanos al Castillo del Marqués de Mac Mahon, a una finca situada cerca de la calle Novia Salcedo, cercana a la ría. El paraje, entonces abandonado, era un campa donde dejaban el rebaño para proceder posteriormente a su venta en las plazas de Portugalete y de Las Arenas. Los compradores, fundamentalmente eran familias pudientes y de Neguri, ya que el resto difícilmente podían adquirir esos manjares en la época que tenían que conformarse con el también navideño pollo, ya que este, entonces manjar, era servido en las casas en esas fechas y en celebraciones muy especiales.

Ver el desfile de los pavos por nuestras calles, era, como alguien decía al referirse a los solterones: “...!Vedlos...ahí van...siempre en manadas!...” No era de extrañar que a algún maestro local, extremadamente delgado, de aguileña nariz, alto y cari circunspecto, algunos mozalbetes le denominaran “El Pavero”, ya que los primeros y este último, blandían sus largas y duras cañas, uno para guiar a los pavos por las calles, otro para “guiar” a los distraídos alumnos en aquel frío jardín de la infancia, que eran nuestras escuelas en los años 50 del Siglo XX. Quizá, la denominación de “la edad del pavo”, no estuviera reñida con aquellos recuerdos de la infancia, ya que poco a poco íbamos viendo cómo, aquellos desfiles desaparecían de nuestras calles a la misma velocidad que nuestros cuerpos dejaban los rasgos infantiles para dar paso a ese desgarbo, todavía sin definir de la pubertad.

El pavo que ya aparecía en las mesas reales de Enrique VIII de Inglaterra en el Siglo XVI, no pertenecía a los alimentos que adornaban las mesas de los humildes de mediados del Siglo XX. En la tradición vasca era más frecuente la presencia de la berza, acompañada del pollo o capón, también del bacalao o besugo asado, aunque este último dependía de las posibilidades económicas, quizá por eso en algunas mesas se celebraba con canciones como:
Aza-olioak pil-pil
Bisigua zirt-zart
Gaztaiña erriak pin-pan!
Aia goxo-goxo, epel-epel
”.

Berza en aceite al pil-pil
Besugo asado
Castañas asadas
Papilla dulce-dulce templadas”

En el Hospital Hospicio, las comidas tradicionales de navidad consistían en: En la Nochebuena se servía en la cena berza con aceite, estofado de carne, merluza albardada, compota de manzanas, postre de turrón y a los ancianos café, copa y puro. Mientras que en la comida del día siguiente, se servía a los acogidos los siguientes platos: sopa de arroz, cocido de garbanzo y berza, carne, principio de chorizos y postre de turrón.

A pesar de que el consumo del pavo estaba limitado a familias pudientes, entre los dichos populares estaba la apreciación de que: “...El pavo vale a 5 pesetas, por eso el canto de un pavo es como el canto de un duro...” Durante algunos días aquellos animales eran cuidados con esmero !Qué poco imaginaban su triste final!, que cual leyenda de “Argos” iban a terminar decapitados. Y nuevamente había de transcurrir un año hasta la llegada de la glugluteante manada. La prensa local también anunciaba en sus páginas: “...la venta de una partida de pavos y pavas cebados y un reclamo de perdiz vivo...”

A principios del Siglo XX, el precio de alguno de aquellos alimentos causaría la envidia de los presentes: En 1931 en el Mercado de la Ribera, durante el tradicional mercado de Nochevieja, los precios fueron: Pareja de pollos, de 12 a 35 pesetas; conejos, de 9 a 20; pichones, 4,50; gallinas, de 20 a 22; kilo de costilla, a 1,75; de lomo, a 4,50; docena de chorizos, de 9 a 10; kilo de angulas de la Isla, a 40 y el besugo, de 4 a 4,75. !Quien los cogiera hoy en día!

Otra de las tradiciones era la del Aguinaldo que venía de épocas anteriores. Se atribuía a los tiempos de Rómulo y Tacio rey de los Sabinos en la antigua Roma de quien dicen que en el año 747, tras haber tomado un manojo de ramas en el bosque consagrado a la diosa “Strenia”, el primer día del año, autorizó esa costumbre, de la que partiría la costumbre del Aguinaldo. La palabra latina “Strenna”, derivada de la anterior, que significaba presagio, pasó tras la costumbre de simbolizar los presagios en regalos a celebrar al inicio del año una fiesta, en la que los pequeños romanos recibían de sus mayores unas serpientes de mazapán introducidas en pequeñas cajas que los niños utilizaban para guardar sus pequeños tesoros.


Tradición que tiene raíces en Francia bajo el nombre deA gui l'an neuf”, relacionada con el muérdago navideño. En la Edad Media la palabra se gritaba por las calles el primero de enero, fue utilizada para marcar la alegría de la población en el momento de la renovación del año. Por extensión el término “aguilaneuf” se aplicó a los regalos de un Año Nuevo.

Entre nosotros la voz en castellano de “Aguinaldo”, “aguilandos” o “estrenas” se vincula a obsequio o regalo y es asociada a estrenar, esta palabra tiene paralelismo con las del euskera “gabonkariak”, “gabonsariak”, “urtats” (primer día del año) y “urtets”. Todos ellas sinónimos de regalo de Navidad o del regalo que los acompañaba.

Años más tarde, durante las navidades, los peregrinos, mendigos, viajeros y menestrales ambulantes, tocaban a las puertas de las casas pidiendo hospitalidad y llamaron aguinaldo a los obsequios que recibían. Los niños y los adultos solicitantes del aguinaldo solían ir cantando de casa en casa, durante el siglo XIX y hasta mediados del XX, formando pequeños grupos que recorrían las casas de familiares, conocidos o adinerados, solicitando el denominado “Aguinaldo”. Las guitarras, zambombas, tamboriles y demás instrumentos, alegría de pequeños y tortura de grandes, daban aires con sus armonías a ecos que anunciaban los bailes y las canciones de la navidad. Tengo de esa celebración una de las historias que me contaba mi ama cuando era pequeño, con canciones, que una de las estrofas que cantaba decía:

...Aguinaldo rechilé
por la amor de San Miguel
San Miguel está en la puerta
con su carterita puesta.
Si nos dan o nos dan,
las puertas se le caerán
...”

Hay quien aseveraba que algún adinerado, poco amigo de dádivas, solía mascullar entre dientes, tras el paso de los pequeños por su casa, mientras acariciaba su preciada bolsa: “...juro no volver a dar mas aguinaldos...” pero asentía a continuación, probablemente deseoso de oír nuevamente a los pequeños cantantes: “...hasta el año que viene...” La palabra “Richelet” quizá estuvo ligada entre nosotros, a los depurativos que a principios del siglo XX se daba a los niños, que según decían en los anuncios ayudaba al crecimiento de los huesos; que decían podía suplir a aquel horrible brebaje, que era el aceite de hígado de bacalao.


Aunque quizá la letra más tradicional en nuestros lares de año nuevo sea la de:

...Urte barri-barri,
dekonak eztekonari,
nik ezteko-eta-niri,
ezpa-bere txarri-belarri...”

...Año nuevo-nuevo,
el que tiene al que no tiene,
yo no tengo y a mí,
si no oreja de cerdo...”


En los años 50-60 era frecuente ver, durante las navidades, a los guardias municipales que hacían servicio en la carretera general, junto al Puente Bizkaia, subidos sobre una pequeña plataforma, rodeados de regalos navideños que algunos donantes iban dejando junto a ella. También el Ayuntamiento repartía regalos a los niños de familias con escasos recursos económicos. Hasta aquí un paseo por los recuerdos de otras navidades.