MEMORIAS DE GETXO

lunes, 26 de mayo de 2014

LAS AÑAS


Las Añas, nodrizas, amas de cría, añas secas, eran los nombres que recibían las señoras encargadas de cuidar a los niños de casas pudientes. En auskera se les denomina como (aurtzain, aurtzai, haurzain, seinzain, seizai, aña o neska pazka). Aunque su servicio viene de principios de siglo, fue en los años cincuenta una figura que llenaba las zonas ajardinadas, en las que la burguesía del llamado Neguri, criaba a niños repeinados y bien vestidos, a quienes cuidaban y en algunos casos amantaban (añas secas o añas frescas). Este vocablo fue recogido, al parecer, por primera vez en 1726. 

 
Sus figuras, generalmente orondas, con sus moños recogidos por un pañuelo de cabeza (buruzapi), también con curiosos tocados como el de la fotografía inferior (de la bermeana Aña Mari), de voluminosos pendientes, trajes de cuadros y rayas, o perfectamente bordados, muchas veces de color azul y blanco, largos y grandes delantales, de blanco inmaculado. Sus uniformes en verano solían se blancos. Con ellos se acercaban con la troupe de niños a las playas. Con su imponente presencia, daban a aquellos cuadros infantiles, una sensación de seguridad.

 
En los veranos llenaban el paseo de Zugatzarte, Ereaga y la Avenida Basagoiti. Eran las encargadas de la seguridad y las meriendas de aquellos pequeños, señoritas uniformadas que paseaban a los recién nacidos en descomunales coches, de color blanco y azul marino de fabricación inglesa. Las “Añas Secas” eran “contratadas”, para cuidar y acompañar a la prole; las “Añas Frescas” eran “contratadas”, por mujeres de la burguesía, que o bien tenían dificultades para amamantar a su vástagos o bien debido a motivaciones estéticas o de comodidad, renunciaban a hacerlo. 


El paseo de Zugatzarte era quizás la vía más concurrida por las añas de los palacetes de los alrededores. Existía una diferencia en su denominación. Eran mujeres procedentes de aldeas, que realizaban esta función como un servicio entre las casas adineradas, lo que suponía para aquellas clases sociales pudientes un signo de distinción social. 


 
Este grupo de mujeres se veían obligadas por necesidad a abandonar sus hogares para criar hijos ajenos. En muchos casos se valoraba que fueran baserritarras (caseras) que supieran euskera. En otros casos llegaban de remotas poblaciones rurales del norte; especialmente de Asturias, Cantabria o Galicia. En algunos casos se integraban, como uno más en la familia receptora. Los niños no olvidan el pecho de quien han mamado. Así, ya adultos, trataban a sus cuidadoras como verdaderas madres. 

  
Era esta una imagen perteneciente a otros tiempos, mediados del Siglo XX, imagen hoy irrepetible, por el cambio de costumbres, incluso en las formas de contratación. Con la llegada de las nuevas técnicas (leche en polvo y el biberón), a finales de aquellos años, desaparecieron paulatinamente. 


Pero siempre quedará en nuestra retina aquellas imágenes, las de la Avenida Basagoiti, algunos lugares de Neguri y sobre todo para mi recuerdo el paseo de Zugatzarte, con aquellos grupos como de postal, de pequeños con sus trajes blancos y zapatillas del mismo inmaculado color, rodeando al aña que los vigilaba cual polluelos frente a sus impresionantes mansiones. Son imágenes en donde no falta el “mosconeo” de mozos del reemplazo, soldados, que llegaban a pelar la pava con las cuidadoras de los futuros señores de las empresas de sus papás. Otros tiempos, otras “mores”.

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