MEMORIAS DE GETXO

jueves, 24 de noviembre de 2011

LA FAMILIA SAEZ UN ICONO EN LA MEMORIA DE ROMO


Como un salto en la memoria de los barrios, mezcla de añoranza de otros tiempos y como parte de esa pequeña historia que todos vivimos, de la que disfrutamos y de quienes nos hicieron la vida mas simpática, tratare de traer, poco a poco, historia a historia, a personajes que perduran en nuestra memoria.

Personajes populares que crecieron con nuestros barrios, y rendir un pequeño homenaje a todos aquellos que pasan desapercibidos para los periódicos, pero cuya existencia es conocida y estimada por todos aquellos que les conocimos y aun conocemos.
Hoy llega a esta entrada una familia, muy apreciada en el barrio de Romo, la Familia Saez, Alejandro e Ignacio (Inazito).


Algunos personajes de la vida de un barrio perduran a lo largo de los años de la memoria colectiva.

Algunos de estos guardan relación con los oficios. El de esta primera entrada se refiere al estanquero o vendedor de tabacos.

 
Alejandro Saez, ese señor de riguroso tarje gris y cara bondadosa es el iniciador de esta saga de comerciantes de Romo, tubo también una Mercería en la calle Urquijo, el tramo de calle mas próximo a la Iglesia de las Mercedes de Las Arenas, cuenta “Me tocaron 7.000 pesetas en el año 1932 y monte la Mercería y el estanco”, hombre profundamente religioso, pertenecía a la Asociación religiosa de adoración nocturna de la Iglesia de Las Mercedes.


Su hijo Ignacio Saez, conocido popularmente como “Ignacito” fue la continuación de la saga, hombre al igual que su padre, bondadoso, delgado, con la manos siempre enfundadas en unos guantes de lana, para protegerse de los sabañones que le provocaba el frió.

Ignacio nació en la calle Travesía de Santa Eugenia Nº 3, ahora calle Amalloa. Cuenta que el primer estanco lo abrieron en la calle Kresaltxu,nº 5 sobre el año 1934 ó 1935, recuerda el propio Ignacio “Empece a trabajar en la Mercería, se llamaba Quincalla”. La casa era propiedad de Dn. Luis Ayarza, allí tenían junto con la mercería la vivienda de sus padres, la cual comprtian con una tía llamada Francisca (Paca para ellos), recuerda que cuando estallo la guerra se encontraban paseando por el muelle, junto con su difunto hermano.

Luego pasaron al estanco de la calle Ibaiondo nº 12, recuerda Ignacio que “el estanco era muy pequeño”, la mercería la trasladaron a la calle Urquijo nº13 de Las Arenas, a unas lonjas de Dn. Antonio Menchaca, justo frente al Antiguo Mercado, “tuvimos mucho éxito", cuenta  Ignacio, pues junto a los nuevos clientes siguieron acudiendo los antiguos del barrio de Romo. La tienda era mas grande y mejor surtida y si faltaba algo su padre, siempre complaciente, se comprometía a traerlo para la tarde o como mucho la mañana siguiente.

Cuenta que en la mercería no hacia mucho porque en esa época estudiaba y lo que hacia era las facturas mensuales de los clientes. Los jueves que tenia clase “me quedaba con mi abuela materna (Teodora)” , “en esa época tenia 15 años y mi tía me traía algún regalo de Bilbao, poco a poco me fui haciendo con un Belen de figuras de barro, mi tía me daba 1 peseta, entonces salieron las rubias”, “Nicolasa la frutera de enfrente, cuando veía a mi tía, iba a ayudarla a bajar la cesta, luego ella entraba al portal para abrir la casa, era de Dn. Anastasio Orive, cuando cocía castañas me las traia para calentarme ”, ” tuvimos que cambiar a la calle Santa Eugenesia, pues el estanco era muy pequeño”,
hacia mucho frió y yo tenia muchos sabañones así que antes de entrar a trabajar tenia que comprar limones para frotarme las manos y combatirlos ”.

Recuerda Ignacio que vendían muchos cacahuetes que comprábamos en Casa Galindo en la calle Ronda (La Colmena), caramelos de la viuda de Solano, eran de Logroño, otros llamados toffe de papel de celofan y letras blancas, de bombón,  también había de naranja y  limón, se parecían a los gajos de dichos frutos, habia unos de añis muy apreciados”.

En cuanto al tabaco recuerda “ se vendía (capacha) venia envuelta en papel crema, algo rojizo, cuadrado,  tabaco suelto y otra en verde, luego salio la picadura selecta, paquete de mayor tamaño en amarillo y rojo”, “ había también unos cigarrillos finos de hebra, mas baratos”, “ y los ideales que traian 18 cigarrillos”, “después salio el caldo en papel azul y negro, que los desacian para volver a liarlos con papel abadie, smoking y zig-zag”, “los farias era muy apreciados .

Recuerda a los clientes de la época como gente sencilla, noble y muy comunicativa, se contaban los problemas como en familia. En los principios había mucha pobreza en el barrio, cree que ellos eran privilegiadoss pues desayunaban con morokil, a la noche se hacia la harina de maíz en la chapa, por la mañana su madre echaba la nata que tenían en el hervidor de la leche.

Solía ir al cine de la Parroquia de San Máximo de Lamiaco, “con una peseta pagábamos el cine y comprábamos caramelos”.

Recuerda que siendo niño, cuando hacían Procesiones por las calles, adornaban las mismas con flores, ramas y las ventanas con banderas, la procesión solía salir de la Capilla de Nuestra Señora de los Ángeles, hacia una parada en un altar que colocaban en la calle Santa Eugenia, casi enfrente del estanco, y continuaba su trayecto hasta Los Oblatos (convento de frailes), situado entre las calles Butron y Alonso, para retornar al punto de inicio.

Estaba de capellán Dn. Luis Andonegui, “la madre se llamaba Maria, hablaba con Sebastiana la dueña del estanco de Ibaiondo 12 y a veces le decía que había que dar alguna manta a alguna familia mas pobre”,

Después abrirían el estanco de la calle Santa Eugenia esquina Kresaltxu, hoy ya derribado y finalmente abierto nuevamente en dicha calle Kresaltxu.


Agradecer a la familia de Alejandro la cesión de fotografiás y su colaboración para esta entrada.

3 comentarios:

  1. Muy nostálgico el recuerdo del estanquero del barrio y muy bien escrito.

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  2. Gracias por recordar a mi abuelo, una maravillosa persona, muy bonitas las fotos

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  3. Recuerdo con cariño y nostalgia cuando compraba tabaco ( el Ducados lo vendían en una lata metálica), sellos ( me encantaba mirar como los mojaba en una especie de esponja y los pegaba a los sobres) o hacía la quiniela.
    Los dos me parecían muy amables .

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