jueves, 24 de enero de 2019

LAS DESAVENENCIAS DE UN CUADRO


Era 1887, sucedió un hecho curioso. Contaban en aquella época que el suceso vino a trastocar la paz social entre el Consulado de Bilbao y ciertos frailes Carmelitas, cuyo convento estaba en un lugar de la ría llamado “El Desierto”.

El motivo de tal disputa: un espléndido cuadro que, aunque las crónicas decían que era de las postrimerías Siglo XVII probablemente lo fue del Siglo XVI. Estaba pintado al óleo y fue depositado en uno de los salones del Consulado de Bilbao. La pintura representaba: “...El Abra desde el cabo Lucero hasta Punta Galea en el momento en que atravesaba la barra, mal llamada de Portugalete, un bergantín a toda vela, amparado por varias lanchas de Lemanaje...” A ambos lados del Abra y de sus costas aparecían representadas algunas fortificaciones y baterías: “...En las del Oeste las de Santurce, Campo de Bilbao, del Cuervo y Portugalete y en las del Este, las de la Galea, Algorta, San Nazario y Begoña, cerrando todo el frente de tierra, menos la embocadura del Nervión, los Arenales, como entonces se llamaba a esa parte de Las Arenas...”

En esos arenales, según la crónica, se alzaban tan solo: “...Una escueta y alargada casa tejavana, con otras dos más pequeñas a sus lados, llamadas las casas del Consulado, por alojarse en ellas los aparatos de socorro para los siniestros marítimos; y los muelles nuevos, que contenían los arenales cual un fuerte dique contra las mareas. Por la parte exterior aparecía el río Gobela, con más franco curso que el que hoy le obligan a seguir las manos del hombre...”

Contaban las crónicas de aquel tiempo que ese cuadro trajo desavenencias al Consulado y a la comunidad de frailes Carmelitas del Desierto: “…Porque a causa de que habiendo costeado estos una parte de él y no floja, y otra algo mayor la Casa de Contratación, faltó el pintor al convenio...” Al parecer habían acordado representar en aquel cuadro la imagen del convento con todas sus pertenencia, bañada por el mar.


Esta desavenencia, a la que me refería anteriormente, pudo suceder en las postrimerías del Siglo XVI, ya que fue satirizada por el fabulista Samaniego (1745-1801). Debido al enfado el artista fue empapelado por la temida inquisición de Logroño. Le fue impuesta una pena por la que tuvo que permanecer encerrado algún tiempo en el convento de los carmelitas de “El Desierto”. Los frailes le recibieron y trataron con agasajo, y él les pagó con una sátira, que se hizo famosa, y que en algunas de sus partes resultaba muy ocurrente. En ella pintaba la vida monástica como tipo de ociosidad, regalo y glotonería.

Pero volviendo al autor del óleo, quien seguro que al revés que los frailes de la fábula pasó bastante hambre hasta que se dirimiera la cuestión, ya que no cobró ni un maravedí hasta que añadió un nuevo trozo de lienzo en el que representó el citado convento y sus pertenencias. Terminación que resultaba harto grosera ya que discordaba con el original en el colorido, amén de que le delatara el costurón que los unía, pero con la que los frailes se dieron por satisfechos.

Pasaron los años y aquella imagen que el pintor plasmó en el cuadro fue cambiando. Sobre aquellos muelles y arenales, en los que antaño crecieran solitarios cardos marinos de anchas y punzantes hojas, a los que el viento del poniente agitaba de uno a otro lado, fueron modificados, primero por un acaudalado bilbaíno, D. Máximo Aguirre (1856-1863), con la plantación de argomales y pinos mediterráneos que sujetaron los mismos. Más tarde, por el ingenio de un emprendedor, D. Miguel A. Victoria (1884), quien transformaba aquellas extensiones de arenas, antes estériles, en plantaciones de sabrosas y codiciadas plantas, que tanto juego dieron en nuestras cocinas, la patata Victoria.


En aquel lugar poco a poco irían surgiendo bellas villas y edificaciones, plazas y calles, con espléndidos paseos. Balnearios que formaron un pueblo de verano, atrayendo cada vez a más gentes animadas por la belleza del lugar y sus playas. Ante aquel crecimiento, a decir de la prensa local, se produjeron cambios en la forma de viajar: “...Era natural que al compás de aquel crecimiento de población y de vida se acrecentaran también los medios de comunicación, porque las personas que constantemente residían en Las Arenas y las que temporalmente habitaban en ella, no podían acomodarse ni al penoso viaje de las históricas carrozas, ni al de los coches públicos y ómnibus que las reemplazaron, mal organizados siempre, faltos de aseo en su totalidad; ni podían tampoco sujetarse a viajar en aquellos vapores de ría (zapatillas) tan incómodos y poco seguros, tan inconstantes en las horas de viaje, unas veces por indolencia o informalidad de sus patrones, otras porque las mareas y la falta de agua en los “Churros” se les oponían...” Aquellos hábitos de viaje sobre todo para las clases más pudientes cambiaron. Más tarde, lo harían para el resto de la población con la llegada del tranvía y el ferrocarril de ambas márgenes de la ría, garantizando con sus llegadas a horas fijas, tanto en su salida como en la llegada, un nuevo sistema más cómodo de viaje, que permitía calcular los tiempos de cara a la actividad laboral.

Tal era la belleza de los paisajes que la prensa de 1887, desde un medio de comunicación bilbaíno explicaba: “...Desde su salida de San Nicolás en Bilbao hasta su llegada a Las Arenas, baste decir que en el ferrocarril de Las Arenas se llega al término del viajo sin dar tiempo a los ojos para admirar tantas obras de la naturaleza festoneadas por el eterno verde de las montañas y valles...” Pero la mano del hombre se encargaría, años más tarde de transformar y degradar aquellas idílicas imágenes, que el pintor plasmó en su óleo y que causaron aquellas desavenencias entre el Consulado de Bilbao y ciertos frailes Carmelitas, celosos de aparecer en el cuadro. ¡Que para eso habían pagado!

Para ilustrar esta historia, en la parte superior de este articulo, he elegido un mural que fue reproducido por “El Mareómetro” de Portugalete, en un homenaje al pintor Echarte el 23 de febrero del 2015. El mismo responde a parte del oleo barra de Portugalete y desembocadura de la ría de Bilbao, del cuadro que existía en el Consulado de Bilbao del año 1740. 

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