Esta
entrada da paso a una serie de capítulos sobre los acontecimientos
que, entre 1800-1900, se iban a producir en nuestro municipio. Y que
empezaron a documentarse en la tercera decena del Siglo XIX, que es a
partir de la que podemos encontrar documentación municipal en el
Archivo de Getxo, aunque existen también en él, algunas fichas
históricas de fechas anteriores.
En
la Bizkaia del Siglo XIX se estaban produciendo una serie de
transformaciones, provocadas por la necesidad de hacer circular las
mercancías, fundamentalmente las derivadas del agro y de la
ganadería, que dieron lugar a la construcción de los Caminos
Reales, que las propias Juntas Generales del Señorío fortalecieron
mediante los decretos que aprobaron entre 1812 y 1832. Las carreteras
fueron realizadas por particulares, que los Ayuntamientos promovían
formando sociedades, y que la diputación controlaba los impuestos
que estos fijaban. Los cuales, en numerosas ocasiones, dieron lugar a
conflictos entre ambas instituciones.
En
estas entradas iremos viendo la evolución de nuestro Pueblo en lo
referente a caminos, vegas y hechos, que por su contenido histórico
local he considerado que merece la pena conocer. Sin embargo, no
abordaré los referidos al transportes (Tranvía y Tren), así como
los relacionados con la educación y sanidad, ya que sobre ellos he
tratado ampliamente a lo largo de otras entradas de mi Blog, y solo
lo haré de forma puntual, cuando considere que alguna fecha merece
ser resaltada.
Mientras
que las Juntas Generales aprobaban entre 1820-21 los arbitrios para
la construcción de caminos desde Bilbao a Pancorbo y Durango, ya que
el pago de estos hasta entonces, no se hacía con uniformidad por los
municipios. La situación de los caminos vecinales de Getxo y algunas
vegas de Las Arenas, presentaban un estado lastimoso a comienzos del
Siglo XIX. Los primeros debido a que en los últimos seis años no se
había realizado ninguna actuación sobre ellos, las segundas debido
a las grandes avenidas pluviales, habían cegado en algunos tramos el
curso del rio Gobela.
Uno
de esos caminos eran los caminos reales. Ya en octubre de 1826 el
Consistorio estudiaba la forma en que se debían realizar los pagos
con fondos municipales para evitar que fueran gravosos para las arcas
municipales, y que hasta entonces se confundían con las travesías y
caminos vecinales. Se decretaba que los 2.000 reales de sisa de los
azumbres de vino común, se tuvieran en caja separada para
destinarlos a reposiciones y obras de los caminos reales de entrada y
salida del Pueblo. Siendo los mismos vecinos quienes debían de
costear los de travesía y vecinales con aportaciones
complementarias. Los fuertes desniveles entre Las Arenas y Algorta
darían lugar a que el trazado discurriera en paralelo al antiguo
camino de la Avenida Basagoiti, en lugar de comunicar a través del
Puerto Viejo ambas poblaciones. El trazado de una nueva vía para
acceder a la nueva capitalidad, la actual Algortako Etorbidea, era
paralelo a la Avenida Basagoiti.
En
esos años apareció la llamada “Ley de Desamortización”,
también conocida como “Ley Madoz o de Mendizábal”, que buscó
fundamentalmente obtener recursos para financiar los gastos
provocados por las guerras entre Carlistas y Liberales y liberar
deuda pública sacando a subasta pública algunos bienes de la
iglesia (monasterios) y sobre todo municipales (comunales). Y cuya
aplicación, desde su creación en 1836, se iba a dejar sentir en
nuestro Municipio hasta finales de siglo. Pero sobre todo, tuvo un
periodo de máxima actividad tras la finalización de la primera
guerra entre Carlistas y Liberales en 1839. En esa época se
intensifico la enajenación de terrenos hasta entonces de propiedad
comunal. Hacia mediados de ese siglo más de la mitad del los
terrenos de Getxo, casi un tercio, eran de propiedad comunal. Aquella
desamortización se realizó concentrando las propiedades en pocas
manos, ya que las subastas se realizaban en parcelas de gran tamaño.
Los terrenos comunales de Alango fueron los primeros en enajenarse.
Algunos
de aquellos terrenos y vegas comunes eran los de Konporte, que a
decir de los responsables municipales: “...desde
hace varios años están incultos en la mayor parte y además nada
producen en beneficio de la Comunidad...”
Al parecer además de no aportar nada, los trabajos de limpieza y
saneamiento de esas zonas recaían sobre las mermadas arcas
municipales. Por lo que decidieron sacar a remate los mismos, para
que quienes las adquirieran realizaran la limpieza de zanjas y
terrenos, que según narraban: “...el
rematante ha de barrer y limpiar y tener a su cargo la presa o ría
que baja por Konporte para que no dañe las vegas particulares de la
parte de arriba del Pueblo...”
Otra de sus misiones consistía en mantener la: “...la
ría llamada de Basáñez...”
En
1826 algunos vecinos “excusaron” su colaboración a la hora de
ayudar en la reparación los caminos y travesías vecinales, por lo
que el Ayuntamiento decidió que: “...Consideramos
conveniente que se sepa y conste los nombres, y que los Cabos que han
dirigido las reparaciones de los caminos, den parte de tales personas
y se estampen sus nombres para que haya memoria de ellos...”
Firmaban aquel decreto Juan Antonio de Ibatao y Juan Maria de
Sustacha.
Ya
desde 1839 el Pueblo se había divido en: “...Seis
trozos o barrios, desde la casa de Cortina por Palacio al molino de
Mimenaga; por la parte del Norte del camino que dirige desde la
primera casa hasta otro molino; desde Goicoeches por Trampena, Ángel,
Ibatao a Zubilletas y Baserri; desde Jauregui, Arrigunaga a Arana con
exclusión de San Martín; desde este siguiendo al camino de
Amorotoena a la carnicería por lo que queda por el lado del Norte de
la calzada con inclusión del barrio de Gobelas; desde la carnicería
siguiendo dicho camino a Jardingana y de esta a la Iglesia; desde
esta volviendo por otro camino a Venturillena lo que se halla por la
parte de poniente...”
Para definir aquellas divisiones se comisionó a D. Juan Antonio de
Ibatao y Francisco Antonio de Acha para el primero; a D. Antonio de
Ibarra y D. Juan Antonio de Goñia para el segundo; a D. Antonio de
Sarria y D. Manuel de Libano para el tercero; a D. Juan Antonio
Cortina Ugarte y D. Jose María de Sarria para el cuarto; a Jose
María de Amusategui y D. Domingo de Ansoleaga para el quinto; a D.
Juan Bautista de Cortina Ugarte y D. Francisco Antonio de Libano; el
sexto quedó pendiente de decidir para el siguiente día.
Eran
tiempos de guerra y los ediles se quejaban de las actitudes de la
tropa, que lo mismo sacaban a los vecinos a deshoras de sus casas
para ocuparlas, que ocupaban las de otros, como consecuencia de no
haber nombrado al responsable de repartir las boletas de alojamiento.
Para este menester se nombró a D. Juan Antonio de Cortina y Arana.
Otras cosas que trataron de localizar, dado el desbarajuste motivado
por la guerra, fueron las pesas y medidas del pueblo, así como el
cepo, esposa y grillos, que se utilizaban para retener a los
delincuentes. Firmaban el acta los regidores D. Santiago de Aguirre y
D. José María de Arias.
En
enero de ese año, al abrir el Archivo Municipal, se encontró que
toda la documentación presentaba un lastimoso estado, prácticamente
estaba reducida a ruinas. Por lo que para salvar los pocos documentos
que se pudo, decidieron orearlos en la casa de la viuda de D. Juan
Bautista de Arias, logrado así salvar algunos documento de
inventario, costas y pagos, que parece era lo que más interesaba.
Alguno de aquellos libros, que tras orearse se pudo salvar, hubo que
reescribir con cuidado algunos de sus párrafos.
Los
efectos de la guerra se hacían sentir en Getxo, el 11 de abril de
1839, se reunían en la campa de la Anteiglesia, algunos ediles, ya
que otros ediles se hallaban arrestados por no haber pagado una
multa, impuesta por el General de las tropas del Rey de mil pares de
zapatos, el consistorio decidía pagar la multa a fin de :
“...rescatar
o liberar al resto de fieles...”
Para ello fueron de casa en casa pidiendo aportaciones para poder
abonar la multa. También intercedieron ante otro General, pero lo
único que lograron es que este redujera la cantidad a cien pares de
zapatos.
La
presencia de ganado extraño en las vegas también causaba desazón
entre nuestros vecinos, por lo que decidieron imponer una multa de 10
reales por cabeza, que se repartían entre el dueño de la heredad y
el aprehensor o denunciante. Otra de las causas de enfado entre
nuestros regidores era el contrabando de aguardiente, que las
tenderas y la milicia realizaban, evadiendo impuestos. Se acordaba
imponer una multa de nueve ducados a los infractores.
Por
otro lado numerosas heredades se hallaban incultas, entre ellas las
de Aixerrota, propiedad de la viuda de Arias, por lo que se sacaron a
remate para pasto de ganado.
En
la siguiente entrada veremos cómo algunos vecinos necesitados,
recurrieron a sembrar en los arenales comunes de Romo.
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