MEMORIAS DE GETXO

miércoles, 16 de noviembre de 2016

LOS CABALLEROS MOLESTOS



Los caballeros molestos, así los definían en 1870 en el barrio de Las Arenas. Pero antes de ir a los hechos que dieron lugar a esa denominación, veamos un poco de historia sobre la mendicidad y el vagabundeo:

A lo largo del Siglo XVIII ya se les dedicaban decretos forales a los marginados sociales, algunos de los cuales llenaban los hospitales, a quienes se llamaba “Mal entretenidos o gentes de mal vivir”. En algunos países se hablaba, para definir si situación jurídica de “Orgía legal”, por la multiplicación de decretos que se les aplicaba (Era el caso de los vagabundos en la Inglaterra de los Tudor). En el Señorío de Bizkaia eran muchos los colectivos marginales a quienes de dedicaba legislación, tal era el caso de los gitanos, vagabundos y gente de mal vivir, aunque también se hablaba de los mulatos y negros. Llegándose a decir en 1713 sobre las repúblicas (Municipios): “...consienten en sus jurisdicciones a vagabundos y gentes de mal vivir...” En 1765, el “Señorío de Vizcaya” dedicaba una real orden de “Aprensión de ladrones y malhechores”, que era precedida en su firma por el Secretario del Señorío y Escribano Real D. Juan Bautista de Arias. En la misma se indicaba: “...a fin de que se practiquen las más eficaces diligencias para la aprehensión de Ladrones y Malhechores...”

Más tarde, en 1784, el Señor D. Joseph Colón de Larreategui Corregidor del M.N. y M.L. Señorío de Vizcaya dijo: “...que siendo muy conforme la expulsión de Mendigos, y Vagos forasteros de todas las Repúblicas, y Villas de este Señorío de donde no sean vecinos, o naturales, a la Real Pragmática-Sanción de diez y nueve de septiembre de mil setecientos ochenta y tres... en que se dan nuevas reglas para contener, y castigar la vagancia de los que hasta aquí se han conocido con el nombre de Gitanos, o Castellanos nuevos..., se ordene, los Alcaldes, y Fieles Regidores de todas las Villas cuiden, y celen de que cada Villa, o República mantenga sus Pobres, sin permitir se introduzcan en sus respectivas Jurisdicciones forasteros de cualquier clase, y calidad que sean...”


Ya llegado el Siglo XIX, la mentalidad de algunas voces, en 1902 llevaron a pronunciar las siguientes frases en una conferencia dada en Bilbao: “...no debemos permanecer silenciosos los que habiendo estando al frente de las corporaciones locales hemos sido menos afortunados en la extirpación de este cáncer..., El vagabundo que vive a costa de los vecinos constituye un centro gravoso para los que trabajan; la holganza le arrastra insensiblemente al camino de la delincuencia y sus vicios pervierten e infeccionan aun a los hombres honrados y laboriosos...” A algunos colectivos que por su nivel de pobreza se dedicaban a los hurtos y robos, y eran procesados por mendicidad, se les aplicaban normativas de vagos y maleantes. Entre ellos se encontraban los afiladores, buhoneros, caldereros, esquiladores de caballos, chatarreros y vendedores ambulantes.

Y a pesar de lo que dijeran algunos viajeros ilustrados que visitaron nuestros pueblos, como Jovellanos, quien escribiera que: “...no vi ni un pobre en Bilbao...” la realidad delataba que la mendicidad era algo que molestaba a algunas capas de la población, sobre todo las mejor poseídas.

Aunque los “problemas de mendicidad” ya venían de lejos, en 1.845 se daban situaciones de pobreza y marginalidad, por lo que en esas fechas el Consistorio de Getxo publicó un “Bando de la Mendicidad” en el que se hacia referencia al elevado numero de mendigos que “...vagan por nuestros pueblos, robando a los verdaderos pobres, y que alcanzan, además de una caridad mal entendida, fomentar la vagancia y alimentan la pereza, poniendo en peligro la propiedad privada y pueden causar males que no deben tolerarse...”

En una sesión municipal celebrada el 10 de agosto de 1870, a la que asistieron ilustres vecinos de Getxo, entre ellos el Alcalde D. Luciano de Alday y los señores capitulares Arteta, Diliz, Aldecoa y otros, se iba a tratar el asunto de los mendigos. Y curiosidades de la vida, en ello se iba a ver implicado uno de los símbolos del muelle de Las Arenas, el molino de “Esacerrota”. Dicha almazara, que fue propiedad de D. Andrés de Cortina, y sobre la que ya traté en mi entrada del miércoles 26 de junio del 2013, había sido invadida por unos vagabundos. Se trataba de un grupo de gentes llegadas, a decir de los vecinos: “...mendigos de ambos sexos, extraños a este País...” Posiblemente de etnia gitana, por la descripción que de ella hacían: “...que con sus caballerías y carros han tomado por habitación las ruinas de la casa molino...”


Aquellas gentes a quien se consideraba vagabundos y ladrones, llegaban del otro extremo de Europa, procedentes de Hungría o Rumania, otros vivían en la Península Ibérica. Sus atuendos vistosos, raídos y muchas veces sucios por su condición humilde, escasez de medios y costumbres, de colores chillones. Las mujeres vestían faldas largas y blusas de encaje y se recogían el largo cabello en un moño o en trenzas, sus frentes a veces cubiertas con una hilera de medallas y al cuello collares. Los hombres llevaban trajes de pana, camisas de cuello abierto y sombrero de paño. Las familias viajaban en grandes grupos durante el verano y en invierno acampaban cerca de una población. Eran en su conjunto nómadas, con idiomas o jergas diferentes a los utilizados en nuestro entorno, de ellos se solía decir que utilizaban: “...“una jerga que hablan los rufianes y gitanos...” También se los definía como “...Ladrones de gallinas y pollos...”

A su llegada nuestro pueblo, eligieron los lugares públicos para mendigar propinas o pedir comida. Dicen que enseguida empezaron a desaparecer cosas, aunque esto quizá respondiera más a aprensiones que a realidad, aunque no es descartable que algún pollo volara a sus ennegrecidos pucheros. Sus lugares preferidos fueron la plaza del mercado y los paseos principales. Sus carros eran tirados por viejos jumentos. Las ollas colgadas de un tridente sobre hogueras condimentaban comidas, como la olla gitana o el caldillo de perro, humeaban sobre una pira de madera ardiente, eran exteriormente de un color negruzco, que alimentaba el prejuicio de los lugareños.

Algunos vecinos, seguramente de familias acomodadas, urgieron a la alcaldía a nombrar: “...un dependiente residenciado en este barrio a fin de que desaparezcan los mendigos...” Y recordaban al Alcalde que: “...se halla prohibida la postulación en esta provincia..., a fin de evitar consecuencias desagradables y perjuicios de consideración, que podrían causar la reunión y estancia de mendigos en este barrio haciendo volver a los que llegan desde Bilbao por carretera...” De lo que se deducía que existían dos tipos de mendigos, los nómadas ambulantes y los pobres de necesidad de la Villa bilbaína. Parece también, que la problemática subyacía en los hosteleros, era incipiente la inauguración de los “Baños de Mar Bilbaínos” en Las Arenas que se produjo el día 1 de julio de 1870 y atraía a numerosos visitantes de Bilbao y otras zonas del Estado, ya que se fijaba como necesario mantener aquel servicio hasta el 30 de septiembre. El consistorio nombraba a D. Juan de Sesúmaga, con un sueldo de cuatro reales diarios para que: “...no permita a ninguna persona pedir limosna en el barrio de Las Arenas, y despache del mismo a todos los mendigos, haciendo volver atrás a cuantos se dirijan por el camino de Bilbao hacía este punto...”

Más tarde, en 1880 se publicaría el “Bando de Buen Gobierno”, en el que en su articulo 10º, se advertía de la prohibición de ejercer la misma a “...todos los que no fueran vecinos de Getxo, así como a cualquier forastero que quisiera implorar caridad publica...”



La prensa de la época tampoco era ajena a aquella caza de brujas, el diario “El Noticiero Bilbaíno” dedicaba durante los meses de verano artículos de opinión relacionados con la mendicidad. Cargados de generalidades, y quizá mala fe, en los que dejaba sibilinamente perlas como ésta: “...Dicen que llegó de Sevilla, donde había ejercido por espacio do mucho tiempo la profesión de chalán, gordo y colorido, de mediana estatura, pegándose la pared del convento, parecía uno de aquellos frailes rebosantes de salud, el pordiosero tenía para todos los transeúntes una frase agradable y picaresca... El vago pedigüeño no conocía ni de oídas la vergüenza, como sucede a muchos otros en esferas sociales más altas. Con estas vulgares picardías explotaba admirablemente la imbecilidad humana, sacando al cabo de algunas horas para comer y beber hasta hartarse...” Con chalanes literarios, como aquel articulista, no es extraño que la opinión de los acomodados vecinos, pidiera la expulsión de aquellos seres marginales, que ensombrecían “el buen vivir, la elegancia, y las buenas maneras” de aquel barrio de señoritos veraneantes.

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