MEMORIAS DE GETXO

viernes, 3 de julio de 2015

CUANDO ROMO JUZGÓ A LA PACA



Era mediados del Siglo XX, cuando Romo, un barrio de Getxo, asociativo donde los haya, veía erigir su nueva iglesia “San José Obrero” (marzo de 1959). En los locales adyacentes de su antigua capilla “Nuestra Señora de los Angeles”, bajo los de la “Sociedad Gobela”, auténtico motor de iniciativas populares; en la planta baja, se encontraba un espacio que más tarde iba utilizarse como cinematógrafo.

No hacía falta mucho, para que un conglomerado de cuadrillas, joven y con ganas de dar vida al pueblo, rompiera con la monotonía a que la época nos tenía acostumbrados. Ese revulsivo llegó de la mano de un curita joven, que tras su ordenación fue destinado a Romo. Llegó desde el cercano Erandio, a principios de los 60. Se trataba de “D. Ramón Sánchez Murueta”, se había ordenado el 8 de julio de 1956, y celebró su primera misa el 15 del mismo mes en su parroquia natal.

Este sacerdote, al igual que el resto de los de su época, vestía negra sotana y cubría su cabeza con una saturniana teja. Venía, como todos al principio, con ganas de hacer cosas, y una de las que impulsó fue la relacionada con el cine y el teatro. Su actividad fue el caldo de cultivo para que una de esas cuadrillas, cogiera el personaje del que a continuación hablaremos, y realizara una interpretación que aún perdura en el recuerdo de muchos vecinos, que en los años 60 tenían en esas funciones, como válvula de escape para el tedio de una época, con escasos medios para la diversión.


Esa obra llevaba por titulo “El Juicio a la Paca”, comedia menor teatralizada, dicen que por primera vez en la “Universidad de Deusto”. Representada en casi todas las del estado, y buscada por muchas asociaciones y grupos culturales, por sus chispeantes diálogos, escasos recursos necesarios para su ambientación, casi una mezcla de entremés “jácara” y sainete cómico-musical, que conjuga el humor la sátira, mediante canciones con letras adaptada a la situación. Donde los personajes lo que pretenden es divertir al espectador buscando su risa.

En el año 1964 D. Ramón, alma de todas las actividades culturales, que en torno a la iglesia de San José de Romo se realizaban. En ese pequeño salón del que hablaba al principio que se encontraba en los bajos de la Escuela de “Nuestra Señora de los Ángeles” (Actual Aula de Cultura de Romo). Organizaba representaciones teatrales, autos sacramentales y proyecciones cinematográficas para los más pequeños. Para obtener fondos para el mantenimiento se vendía a la entrada caramelos, chicles y toda suerte de golosinas, que eran ávidamente consumidas por aquellos pequeños roedores de dulces. D. Ramón era el proyector del cinematógrafo, el apuntador en los teatrillos, quien buscaba y organizaba el cuadro artístico, en definitiva la medula de aquel espacio cultural-recreativo-religioso, pues desde la mirada seria y casi inquisitorial del Párroco D. Juan Maria Arrinda, que ejercía un riguroso control sobre todas las actividades, ese pequeño espacio de libertad daba vida al barrio.


ALGUNOS MIEMBROS DEL
CUADRO ARTISTICO

En ese marco es donde se iba a desarrollar aquella comedia. D. Ramón buscaba una cuadrilla, pues solo así, en ese espíritu de camaradería pensaba que era posible desarrollarla, que tuviera entre sus miembros alguien con suficiente vis cómica como para representar al personaje central “La Paca”. !Y pardiez que lo logró!. Pero vayamos por orden primero el argumento: “...La Paca, una mujer de la vida, a quien quieren quitar la custodia de sus hijos, por su vida “licenciosa con los hombres”, a quien acusaban de no atenderlos bien, es llevada a juicio...”.

En la trama aparecía un cuadro artístico compuesto por: La acusada “La Paca” interpretada por Juan Mari Velasco, el “Juez” era interpretado por Ubaldo Valle (+); dos “Fiscales” ejercían la acusación Koldo Bilbao y Paco Lopez (+); los hijos de la Paca estaban representados por Felipe Estancona (+) y Miguel Ocio; tres “Testigos” Juanan Ortiz, Jose Luis Rios e Iñaki Bikandi; dos “Borrachos” que testificaban a favor de la Paca, Angel Mari Larrazabal y Eugenio Amores; y finalmente los personajes de los dos “Guardia Civiles” que conducían a la arrestada, fueron interpretados por Gerardo Sordo (+) y Jose Luis Vigiola, la dirección artística corrió a cargo de Angel Saavedra, Jose Andres Egaña y el propio D. Ramón. En la fotografía inferior podemos ver a algunos de los protagonistas, aunque con algunos años más que cuando se celebró aquel evento en una romería: Empezando por la izquierda Iñaki Bikandi, Jose Luis Vigiola, Felipe Estancona (+), Jose Luis Rios, Juan Mari Velasco “La Paca”, Miguel Ocio y Angel Mari Larrazabal.


El escenario, al que se accedía a su parte trasera a través de otra estancia, facilitaba la labor, casi innecesaria, de los apuntadores, estaba al fondo del salón. Sobre él estaba dispuesta una mesa en la que, a ambos lados, se situaban los actores para poder ser vistos por el público, y como atrezzo unas simples cortinas, que impedían que los apuntadores fueran visto por el público. Los ensayos eran un autentico augurio de lo que luego iba a resultar la obra, no podían contener muchas veces la risa.

La obra se representó a comienzos de la primavera-verano de 1964. Todos los intervinientes ya peinan canas, y la mayoría tienen nietos, pues en esos años rondaban los 17-19 años. El día elegido, un jueves por la tarde-noche. En esa esperada y comentada obra de teatro, el personaje central, era uno de los elementos que tenía en vilo al barrio, todos se preguntaba “...Quién será la Paca, quien osará dar vida a una mujer tan licenciosa, y además en un centro casi religioso...”, eran tiempos de censura. Ellos mantuvieron en secreto al “actor” que iba a dar vida a tan apasionante mujer, y lo hicieron gracias a esa otra estancia que permitía que los actores no pasaran entre el público, hasta el mismo momento de entrar en escena.

Los personajes iban disfrazados, algunos, con trajes alquilados en la Misericordia de Bilbao, los niños con pantalón corto, el juez con su toga, peluca y un mazo para golpear la mesa, los guardias perfectamente uniformados con sus negros tricornios, a la encausada le vistió y maquilló la hermana del juez “Maria Belén Valle”, en palabras de Juan Mari “...me puso hecho un cuadro, me pinto todo, labios, cara. Me dejó una falda tubo y me enseñaba como subir la falda para luego bajar la faja, en uno de los actos al hacer ese pícaro movimiento se me soltó la falda por al cintura y tuvimos que hacer virguerías para arreglar aquel descosido...”. El maquillaje resultó tan contundente, que no se lo pudo quitar todo, y al día siguiente permanecían huellas evidentes en su rostro. Cuenta Juan Mari: “...Yo al día siguiente, tenía partido contra el Indautxu, era el más joven del equipo del Arenas, y en el vestuario los otros, más veteranos, se pitorreaban !Chaval, pero tu que has estado haciendo!...”, así que el cachondeo duro más de lo previsto.


La entrada ya provocó una salva de aplausos y una carcajada general. Al hacer su entrada “La Paca”, a quien no dejaban salir al escenario para no ser vista y mantener así la intriga, sobre cómo sería el personaje. Al ver a un hombre vestido de mujer, y con aquel aspecto: falda de tubo con aberturas a los lados por encima de la rodilla, que permitían ver una liga negra, de la que colgaba un pequeño puñal; jersey de pico con manga corta muy pegado que permitía adivinar unos turgentes y grandes pechos, fruto de un relleno bien distribuido; zapatos negros de tacón bajo, para permitir mantener el equilibrio; peluca igualmente negra; cara maquillada, casi irreconocible; y collar de perlas blancas de dos vueltas al cuello. El salón se vino abajo de la sonora carcajada. Se sentó frente al público, por lo que los espectadores veían perfectamente toda su anatomía, ella pícaramente, con un descarado movimiento abría y cerraba sus piernas. Esto provocó que una de las espectadoras, de la primera fila, que se hallaba embarazada, nerviosa, tuviera que abandonar la sala, no se sabe si a consecuencia de la risa o de la desazón, al contemplar tan comprometedora escena.

Toda la obra era cantada. La entrada se iniciaba con las palabras del Juez “...Venimos aquí, (golpeaba la mesa con su mazo, ordenando silencio), a juzgar a esta mujer por los hechos que acontecen. !Que pase la acusada!. El juez inquiría serio ¿tiene algo que decir la encausada?...”; le seguía la intervención de la Paca cantando el estribillo“...Soy Paca y vengo ante la sala, reclama por los fiscales, porque (“Cloc, cloc”, golpeaba con el tacón dos veces en el suelo), dicen que soy mala..”. El juicio se desarrollaba en un hilarante ambiente, la Paca cansada de que el Fiscal arremetiera contra ella, en uno de los momentos, provocadora, se golpea el muslo y dice “...toma Costarrica...”. Ante tamaño descaro tiene que intervenir el Juez “...Paca compórtese, sea más recatada...”; los borrachos irrumpían en la sala en medio de un griterío, queriendo dar su apoyo a la Paca, siendo expulsados por los guardias; al final de la trama todos se abrazan por el veredicto, ya que terminaba con la absolución de la acusada.


A la representación acudió mucha gente. Entre ella hubo una gran representación de las chicas de servicio de Neguri. Al terminar la función, ya en la calle preguntaban “...¿Quién era la Paca, quién era?...”, al parecer resultó tan convincente la caracterización y sus femeninos gestos, que dudaban fuera un hombre el que había dado vida al personaje, y extrañadas, puesto que algunas le conocían y exclamaban: “...!no puede ser, si es un hombre muy serio!...”, muy probablemente les faltaban horas de hablar y conocer al personaje, para saber de su sentido del humor.

Aquella representación tuvo tan buena acogida, que llegó a oídos de algunos vecinos del cercano barrio de Lamiako, que iban a celebrar sus fiestas patronales. Pensaban incluir en su programa festivo la intervención de algunos grupos musicales, de nueva hornada. Esas actuaciones se iban a escenificar en el cine de su salón parroquial. Se pusieron en contacto con ellos para que realizaran esa representación en su barrio. El día de autos, los actores, se desplazaron en tren desde Romo, Iban en el primer vagón, en el espacio reservado para las lecheras, con la puerta abierta junto al conductor, ya que uno de ellos Ubaldo, trabajaba en el ferrocarril.

En Lamiako, la obra resultó un desmadre. Antes de empezar les ofrecieron un vinillo y algo de picar. “La Paca” se quejaba, la tenían secuestrada, ya que mientras el resto de los actores salían al salón para presenciar las actuaciones del los músicos, la mantenían encerrada. Mientras el público se revolvía inquieto deseoso de conocer la personalidad de la acusada.


Así que le dejaron solo, junto a una botella de vino, y como cuenta Juan Mari “...alguno estaba entrenado, pero yo no....”. Además las cantidades tomadas con antelación no debían de estar muy proporcionadas, ya que esos zumos espirituosos les animaron tanto que, ni el orden del libreto, ni las estrofas, siguieron luego un riguroso orden.

Tan animada estaba, que ya empezaba a sacar la cabeza por el telón del escenario, y el respetable se inquietaba aún más, gritaban “...Que salga la Paca, que salga la Paca...”. Por fin dio comienzo la obra, el regocijo fue general. Empezamos a cantar “...yo, algo afectado por los estímulos de aquel néctar embotellado, arranque por al segunda estrofa...,...gracias al resto de los intérpretes pude reconducir el orden de la obra...,...incluso di unos pasos de baile que no estaban en el libreto...,... El efecto era tal, que incluso el collar que me habían prestado se rompió, y todas la perlas quedaron desparramadas por el salón...”. La gente no se enteraba, pues no conocía el texto, creyó que aquello formaba parte de la representación, se desternillaban de risa y rompieron en aplausos. Su padre que no había visto la representación de Romo, animado por su madre, acudió a ver la de Lamiako y exclamó “...pero cómo se ríe tanto la gente, si el chaval está con media melopea...”, ella le contestó “...es que esto en Romo no lo hicieron...”. Así que a pesar de aquel pequeño cambio en el libreto, y de ese accidente interpretativo, la representación fue todo un éxito.


Como consecuencia de esas actuaciones, incluso las monjas del Asilo de Algorta quisieron que actuaran en sus locales para divertir a los ancianos, comentaban “...nos han dicho que ha habido unas risas increíbles, que no ha habido nada obsceno, que es una trama muy divertida...”, pero debido a algún problema del convento, finalmente no se llegó a realizar aquella actuación. Un tiempo más tarde, hicieron un auto sacramental con motivo del día del seminario. Esa fue su última actuación pública.

Deseo mostrar mi agradecimiento a Juan Mari Velasco y a Miguel Ocio, gracias a los cuales he podido traer a estas paginas este pedazo de la vida de un barrio, que siempre ha destacado por la calidad de sus cuadrillas, que guardan otras historias que quizá más adelante traiga a estas páginas.

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