MEMORIAS DE GETXO

lunes, 28 de abril de 2014

UN LOBO DE MAR EN AREETA


Al amanecer del día 26 de Julio de 1828, quizá como en el libro de aventuras de Jack London, fruto de aquella sangrienta masacre que algunos humanos realizaban, entre la bruma, ya exhausto, quizá herido por la enfermedad tras una larga travesía, arrastrado por la marea, como si de forma premonitoria supiera de la festividad de Santa Ana, descansó su cuerpo en los arenales de nuestro barrio un viejo “Lobo de Mar”. 
 
Especie social que en su hábitat forma grandes grupos de convivencia. Se alimentan de peces, cefalópodos, crustáceos y otros invertebrados marinos. Se dice que ninguna otra especie marina le supera en su fortaleza para nadar. Son mamíferos cubiertos de una gruesa piel peluda. Se les conoce también con el nombre de Lobo o León marino (Otaria Flavescens). Actualmente los podemos encontrar en islas y costas atlánticas de Sudamérica y en las costas chilenas y peruanas. El hombre es su principal amenaza. Lo caza por el valor de su cuero y su grasa, igual que a otros mamíferos que viven en el mar. 

  
El animal llegó herido de muerte a nuestros arenales e, igual que con la frecuencia con la que embarrancaban los navíos en la barra y en las playas de Getxo, fue encontrado por nuestros pescadores. 
 
En las fechas indicadas, un experimentado marino de nuestro pueblo, Juan Maria Sustacha, afirmaba ser conocedor de aquellas especies por su larga trayectoria rompiendo mares de Sudamérica. Firmó un escrito dirigido a la Diputación en el que solicitaba autorización para exhibir aquella bella especie y obtener “...algún fruto de su hallazgo...”. Aquel hallazgo que supuso un acontecimiento social en nuestro pueblo en épocas carentes de entretenimientos colectivos. 
 
¿Quién sabe si no se trataba de una foca gris que deambulaba por nuestros arenales? Era una especie que se criaba en las costas del norte de Europa y su hábitat más meridional era Bretaña, por lo que no suele ser infrecuente verla en nuestras costas. Si la hubieran hallado setenta años más tarde, la calenturienta imaginación de nuestros ancestros hubieran dicho que se trataban de restos del mismo “Conde de Balmaseda”, denominado por su crueldad e impresionante humanidad como “La Foca de la Quinta” en la Guerra de Cuba.

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