MEMORIAS DE GETXO

lunes, 23 de julio de 2018

ACONTECERES DEL ÚLTIMO CUARTO DEL SIGLO XIX EN GETXO -49-



En la anterior entrada veíamos cómo las relaciones vecinales no siempre eran fáciles, los vertidos y alcantarillado no eran cómo los actuales y muchas veces provocaban enfrentamientos, ya que cada cual los vertía según su criterio. Y las actividades que desarrollaba la sociedad de Salvamento de Náufragos en nuestra ría.

El 18 de mayo de 1885 aparecía un articulo en el “Noticiero Bilbaíno” firmado por un tal “Lesmes”, en el que hablaba de un viejo conocido del que ya he tratado en estas paginas, el Puerto de Algorta: “...«Mucho ha prosperado en estos últimos veinte años el barrio de Algorta, en el municipio de Guecho, debido a variedad de circunstancias, y especialmente a la iniciativa de los dignos Ayuntamientos que se han ido sucediendo; pero mucho más ha de prosperar, en menos tiempo, si, como es de esperar, se lleva a cabo el nuevo puerto proyectado y decretad o por las Cortes. Los pequeños puertos de mar viven en la actualidad o de la concurrencia que en verano atraen sus playas, o de la riqueza que parte de sus moradores arrancan al mar. Para lo primero, cuenta Algorta con playas que rivalizan con las mejores del reino y aún del extranjero; para lo segundo, esto es, para la pesca en gran escala, fáltale un puerto que a la vez que preste todas las seguridades posibles, proporcione al gremio de pescadores todas ellas»...”

El articulista, a continuación ensalzaba las comodidades y comunicaciones de esta población con la Villa de Bilbao y hablaba de los temporales que asolaban esta costa: “...«Nadie que haya vivido o viva en estas costas ignora que la mayor parte de las borrascas que se levantan en ella provienen de los vientos del cuadrante N.0. Pues bien; resguardado como se encuentra el nuevo puerto de los citados vientos por su muelle principal y por la prominencia llamada Castillo, fácilmente se comprende que preste seguro abrigo y buena entrada a las embarcaciones que a él se dirijan buscando resguardo y salvación en días de tormenta. Lo expuesto basta para probar las inmensas ventajas que el nuevo puerto prestaría a los pescadores del litoral que quisieran radicarse en Algorta»…” Y hecha esta presentación de las bondades de un nuevo Puerto, continuaba haciendo una visión de las ventajas, que para él, el mismo traería a Getxo, entre otros el aumento de población: “...«Hasta la fecha, Algorta no cuenta con industria alguna que le dé vida propia: hecho el puerto, es de esperar que se establezca la fabricación de conservas y escabeches, que tan buen resultado ha dado en los puertos vecinos. Esta industria, igualmente que la pesca de que se alimenta, necesita brazos que, no habiendo aquí los suficientes, tendrían que venir de fuera. Dadas las condiciones del nuevo puerto, es innegable que la emigración tendría que ser considerable, y de aquí que el pueblo aumentase sus arbitrios, por cuanto el consumo sería mucho mayor. Así convertirán a esta barriada en reina y señora del abra de Portugalete, y en oasis de recreo preferente para propios y extraños»…”


Días más tarde, nuevos defensores del Puerto acudían a la prensa para defender la necesidad del mismo, con alabanzas a la historia comercial que Bizkaia había tenido: “...«A sus glorias marítimas que le habían reservado un lugar distinguido en las páginas de nuestra historia. Cómo así lo comprendieron nuestros antepasados excursiones dedicándose a la pesca de la ballena. Así, cómo cuando empezó la navegación a verificar el transporte de mercaderías. A partir de las cuales se empezó a barajar la necesidad de lugares que abrigaran a las naves de las tempestades, y que facilitaran la carga y descarga de dichas mercaderías…” Cada uno desde sus propios intereses, animaba para que el nuevo Puerto fuera una realidad en breve.

Algunas de las miradas que aquellos complacientes e interesados defensores hacían, llegaban a alabar la ría y sus pueblos a medida que venían bajando desde Bilbao hacía Las Arenas y Algorta. Durante los últimos días de junio, no faltaba día, en el que algún escritor no dedicara un pasaje de admiración hacia nuestro Pueblo: “...«Llego ya a las externas y apacibles llanuras de Lamiaco, y quiero descansar a su entrada, porque al penetrar mañana en los frescos, dilatados y sombríos pinares, y en el dédalo de hermosas quintas y elegantes casas de vecindad de Las Arenas, justo será que no lo haga fatigado, tanto más cuanto no he de terminar este viaje por la margen derecha del Ibaizabal, sin llegar a la blanca, a la hermosa pulcra Algorta»...”

Lugares comunes que recordaban el crecimiento de nuestros barrios, precisamente en una carta a un amigo de Teruel, uno de nuestros vecinos, recordaba un, entonces, asiduo visitante, y en ella relataba: “...Querido amigo: Cuando algunas tardes del otoño de 1865 usted y yo nos metíamos en algunos de aquellos desvencijados coches que andaban de Bilbao a Las Arenas y viceversa, íbamos principalmente a ver la mar. Si no hubiera sido así, poco satisfechos hubiéramos vuelto, porque entonces apenas había en Las Arenas más edificios que estos: una casa antigua, destinada a guardar efectos de salvamento marítimo, un alto torreón cilíndrico que había sido molino de viento, y hoy es mirador de una gran casa adyacente a él, otra de un sólo piso donde estaba el fondículo de Bernardino: al lado opuesto de este fondículo, y casi a la sombra de un frondoso emparrado que subsiste aún en triste decrepitud y abandono, una especie de pabellón convertido en escuela, donde los días festivos había mesa redonda que presidía constantemente D. José Jorge de Goya, juez de primera instancia de Bilbao, gran aficionado a aquellas marismas, donde construyó una hermosa casa en la planicie que precede a Algorta: y por último, el barracón de madera de D. Diego de Uribarri, donde esta buena familia debió hacer una honrada y modesta fortuna que la permitió trocar el barracón en hermosa casa.


Si hoy volviera usted a las Arenas, y sobre todo, si contemplara aquella llanura desde Santa María de Portugalete, que es el mejor punto para contemplarla, la desconocería por completo. Todos aquellos argomales y dunas donde hace veinte años se hacían esfuerzos por arraigar los pinos marítimos, las argomas y las retamas, son hoy frondosos y dilatados bosques por donde el veraneador puede discurrir sin que apenas le alcance un rayo de sol. Ya entonces se conocía que en Las Arenas había una hermosa y segura playa a la que se daba el nombre de “Sol de justicia”.

Mucho antes de llegar a las Arenas, multitud de casas de campo, tanto a orilla de la vía como llanura adentro. Al llegar al Pasaje, como antiguamente se llamaba muy propiamente al de Las Arenas frontero a Portugalete, ya una hermosa población en torno de una gran plaza con jardincillos en su centro. En dirección a Algorta multitud de excelentes edificios formando calle. A la derecha, ósea, internándose en la llanura, muchas y lindas quintas rodeadas de huertas y jardines, y entre ellas una linda capilla con la advocación de Santa Ana.

Toda aquella muralla de arena interpuesta entre la playa y el casi impracticable camino de Las Arenas a Algorta, por donde se caminaba penosamente oyendo y no viendo los embates del mar, ha sido arrasada y sustituida con hermosos edificios, entre los que domina el magnifico de los Baños de Mar Bilbainos.

El camino de Algorta, que realmente no era tal camino, sino una huella longitudinal que desaparecía bajo la arena apenas desaparecían los pies que la formaban, es una cómoda carretera por donde se dilatan los carriles del tranvía de Bilbao a Algorta.

Si usted me acompañara en este viaje, al dirigirnos a Algorta no experimentaría tanto como en Las Arenas el descubrimiento, pero si aun en mayor grado el encanto. Ya Algorta, cuando usted anduvo por ella, era populosa y linda y alegre, porque data de los tiempos que siguieron a la terminación de la primera guerra civil carlista. A los ojos del que penetra hoy en ella, no da el aspecto de una ciudad populosa, sino por el apiñamiento de sus caseríos, por la suntuosidad, por la alegría y por la pulcritud de este barrio.

Quizá es Algorta el único pueblo donde el que lo visita por primera vez y sólo lo ve por fuera, cree que allí todos son ricos ó poco menos. Si hay allí pobreza, se lava todos los días con agua del arroyuelo y esconde sus harapos con flores del campo, cosas ambas que no cuestan dinero y de que, sin embargo, no suelen hacer uso los pobres.


Apenas se deja el llano donde surgen de la arena los lirios marinos y los tamarices, para ascender a las colinas donde los sustituyen las siemprevivas, el poleo y la zara-rosa, empiezan los verdaderos palacios por la hermosa y gran Fonda San Ignacio, rodeada de jardines y con vistas que no llamo admirables porque no son excepción de casi todas las demás de Algorta, dignas de aquel calificativo.

Apenas tiene el pueblo más que una calle, pero esta vale por muchas, porque para ir desde el lindísimo templo consagrado a San Ignacio de Loyola, que se esta levantando a su principio, hasta la magnífica Iglesia parroquial que se ha levantado a su termino, despues de que usted anduvo por allí, se necesita mucho tiempo que se hace muy corto mirando a un lado y otro. Algorta, donde casi todos los edificios son blancos, la playa tenia un gran pero, pero ya no lo tiene, se comunica el bañista no por derrumbaderos como hace veinte años, sino por un suave camino-paseo que no excluye ni aun a carruajes como aquel que trajo de Madrid un amigo mío y no le sirvió ni aun para viajar de Bilbao a las Arenas»...” Aquella bonita y enamorada descripción del Pueblo nos hace, ciento treinta y tres años más tarde, descubrir cómo era en aquellos tiempos pasados, parte de nuestro Municipio.

En la próxima entrada veremos cómo el consistorio de Getxo protestaba por la venta de solares de propiedad comunal de 1865. Y la llegada del nuevo Ayuntamiento.

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