MEMORIAS DE GETXO

lunes, 1 de abril de 2019

LAS LAVANDERAS DE PORTUGALETE EN EL GOBELA



Cuando en mi entrada “El Puente de las Lavanderas” del 8 de diciembre del 2016, hablaba sobre las mujeres de Portugalete que acudían al río Gobela de Las Arenas para limpiar y desinfectar sus ropas de posibles virus de la temida viruela, me faltaba completar qué era lo que motivaba que estas queridas vecinas tuvieran que cruzar el charco.

Al río Gobelas le dedicaron unos versos en 1880 con motivo de la inauguración de las escuelas públicas de Lejona:

...Y queriendo asociarme
a aquella fiesta insólita,
fui vallecito arriba
por la margen frondosa
del riachuelo humilde
que al Gobelas se asocia...”

Seguro que las autoridades municipales del Pueblo vecino estarían deseosas de facilitar a sus convecinos el agua que surtiera a los lavaderos para hacer así menos fatigosas las tareas de aquellas mujeres, que al igual que las de esta margen de la ría, debían portar sobre sus cabezas aquellos voluminosos y pesados baldes de cinc en los que llevaban su humildes sabanas y ropas.

A pesar de ello no era solo nuestro pueblo vecino el que sufría escaseces. Por esas fechas se decía en la prensa local que Getxo estaba en camino de solucionar su problema de aguas: “...Portugalete, Santurce y Algorta, los tres hermosos y prósperos pueblos que se asoman al mar donde afluye a este el Ibaizabal, experimentan en punto aguas potables la penuria que hemos atribuido a la generalidad de los pueblos bañados por el mar. Parece que se comprometen a dotar de agua a la populosa y rica barriada de Algorta (perteneciente al municipio de Guecho) y a la de las Arenas, con siete fuentes de excelente calidad cuyo caudal ha de proceder de la jurisdicción de Berango, estas aguas creemos proceden del caudal del riachuelo llamado Gobelas que desciende a las playas de Lamiaco…”


Se trataba de aquel río del que en 1502 decían: “...Que viene de Gresalzu junto a la casa de Las Arenas hace tanto daño a la barra que en breve tiempo hará que se pierda toda la canal. No es otro que el llamado hoy Gobelas, basta un poco de conocimiento de la topografía local para comprender que ambos nombres se refieren al mismo rio ó arroyo. Hay una tierra baja por donde corre el Gobelas que tiene el nombre de Gresalzu, voz que en vascuence equivale a la palabra castellana “Marisma” y que estaba perfectamente apropiada a aquellos terrenos, puesto que antes de la desecación de las marismas de Guecho ó Lamiaco, estas se anegaban durante las mareas vivas encharcándose e impregnándolas con sus sales…”

Y volviendo al hecho que nos atañe, como decía un vecino de la Villa Portugaluja, “Consumatum est”. Por fin en agosto de 1888 se anunciaba en “El Noticiero Bilbaíno” la llegaba del liquido elemento a la Villa Jarrillera para el próximo año: “...Que sabiendo la gran escasez que había de agua, tenían que armarse de resignación en espera del agua tan necesaria para la vida y los usos domésticos...” Decían no sin cierta maledicencia que: “...Es tal la escasez de agua de esta Villa que, persona que yo conozco, solo por esta necesidad, tiene que disponer de dos criadas para las coladas y jabonaduras...” Decían así mismo por aquel entonces, que los caños de la Villa todos reunidos no daban ni para el consumo de una población de mil habitantes. Getxo tan solo contaba un año antes (1887) con 3.649 habitantes (2.000 de ellos mujeres) y Portugalete con 3.412 habitantes (1.748 eran mujeres). El lavado de las ropas, que también se realizaba en Portugalete, se hacía: “...En el lavadero cubierto que se halla próximo a un pozo existente, hace poco cubierto por la municipalidad. Parte también con agua de mar y en general de un riachuelo llamado Ballonti...”

Como había que buscar aguas, a poder ser no contaminadas por la temida viruela, pensaban ellas, el desfile de lavanderas tras atravesar la ría camino del Gobela por la entonces incipiente “Avenida de Maximo Aguirre, portando sobre la cabeza los recipientes en los que se transportaban sabanas y vestimentas, parecía una colorida procesión. Por entonces el río Gobela era un lugar tranquilo, donde los peces, cangrejos y ranas daban vida a aquel torrente de aguas cristalinas sobre el que revoloteaban traviesas las efímeras libélulas, como si estuvieran interpretando una danza nupcial. La rivera del río era casi recta, de suave pendiente llena de juncos. En sus herbazales ponían los patos sus huevos. En la zona de lavaderos existían algunos meandros donde ellas lavaban las ropas.


Por aquellos días era frecuente ver a mujeres arrodilladas sobre pilas de cemento o sobre la rugosa mezcla de arcilla y piedra en la que apoyaban sus rodillas. El trabajo de las lavanderas era duro, había que llevar las ropas hasta el cauce del río, enjuagar la ropa, enjabonarla, restregarla sobre la tabla, volver a enjuagarla, retorcerla para escurrirla, extenderla sobre la rivera del río para que se secara, doblarla y luego estaba el camino de regreso que se hacía especialmente largo con las pesadas cargas sobre su cabeza. Más tarde había que planchar la carga en casa. El permanente contacto con las gélidas aguas era especialmente penoso en el invierno, pero ellas se encargaban de calentar el ambiente con sus distendidas charlas, creando un ambiente de camaradería entre las lavanderas de Las Arenas, Santa Eugenia y Portugalete. Todo ese proceso hacía que las labores se retrasaran hasta bien entrada la tarde, dando juego al intercambio los sucedidos de ambas poblaciones.

El jabón con el que restregaban las ropas, estaba compuesto por grasa animal, o bien sosa mezclada con grasa sobrante de la matanza del cerdo. Sus viejas y raídas ropas a veces eran blanqueadas con las cenizas del hogar, a las que también solían añadir añil (una pasta que se elabora macerando los tallos y las hojas de ciertas plantas) para blanquear la ropa. Luego llegaría aquel !Bendito jabón Chimbo!, que fabricara la “Jabonera Vizcaina” en el barrio de Zorroza, del que se decían: “...Lava bien y cunde mucho...” Esta empresa fabricante de jabones tuvo sus más y menos respecto del consumo de agua de nuestro río, ya que solicitaba la aportación para su fábrica a razón de 55 litros por segundo. Los vecinos decían que era más que la que llegaba al río durante el estío.


Se alegraba el vecino de Portugalete en aquel artículo de agosto de 1888, pues la falta de agua en fuentes y lavaderos llegaba a su fin. No sin cierta sorna decía: “...Ahora ya se acabará aquello de ir al Gobela las muchas por la mañana, y venirse por la tarde, y otras pasarse la tarde entera con una descarga de ropa; ya los corrillos y colas de las fuentes desaparecerán; no se vera aquella interminable fila de cacharros de todas formas, clases, géneros y edades , que eran un baldón para el ayuntamiento máxime viendo como hoy se ven aquellos caños, que se parecen por lo manera de dar agua al rocín de D. Quijote, tan escuálido y sutil el chorro...”

Comentaban en esos tiempos que la solución para aquellas amas de casa y jóvenes era la de acudir al Gobela, Sestao, Santurce o al río de Galindo, porque de no haber sido así: “...En algunas casas de mucha familia y de cortos recursos, la miseria les hubiera comido...” Lo curioso de aquella obra de llevada de aguas a Portugalete fue que coincidió con las fiestas patronales de la Asunción y San Roque.

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