MEMORIAS DE GETXO

lunes, 19 de diciembre de 2016

LOS PAVEROS Y EL AGUINALDO




Dos tradiciones asociadas a la navidad, los Paveros y el Aguinaldo, con un primer protagonista: El pavo, majestuoso animal del que Plutarco nos habla de la danza que Teseo bailó ante el altar de Afrodita y de Apolo, en Delfos, tras vencer al minotauro en Creta. En algunos años fue todo un símbolo de la llegada de las Navidades en Las Arenas y otros barrios de Getxo.

Al acercarse estas fiestas, ya desde la víspera, era frecuente ver la presencia de unos campesinos que provistos de un largo cayado, caña con la que conducían una colorida piara de plumíferos, de cabeza despejada con roja y larga papada colgante, piel rugosa que se extiende debajo del cuello, cual mocos tiesos, luciendo una poblada cola de brillantes colores.

La imagen del pastor a algunos se nos antojaba revestida de cierto aire casi marcial. Eran los Paveros que venían a Las Arenas en el Ferrocarril, desde Bilbao. Su ruidoso recorrido se iniciaba desde la estación, que entonces se encontraba en la confluencia de las calles Santa Ana, Mayor y Andrés Larrazabal, en plena Calle Mayor. Al salir de ella, iniciaban el cortejo por medio de dicha calle, hasta llegar a unos terrenos cercanos al Castillo del Marqués de Mac Mahon, a una finca situada cerca de la calle Novia Salcedo, cercana a la ría. El paraje, entonces abandonado, era un campa donde dejaban el rebaño para proceder posteriormente a su venta en las plazas de Portugalete y de Las Arenas. Los compradores, fundamentalmente eran familias pudientes y de Neguri, ya que el resto difícilmente podían adquirir esos manjares en la época que tenían que conformarse con el también navideño pollo, ya que este, entonces manjar, era servido en las casas en esas fechas y en celebraciones muy especiales.

Ver el desfile de los pavos por nuestras calles, era, como alguien decía al referirse a los solterones: “...!Vedlos...ahí van...siempre en manadas!...” No era de extrañar que a algún maestro local, extremadamente delgado, de aguileña nariz, alto y cari circunspecto, algunos mozalbetes le denominaran “El Pavero”, ya que los primeros y este último, blandían sus largas y duras cañas, uno para guiar a los pavos por las calles, otro para “guiar” a los distraídos alumnos en aquel frío jardín de la infancia, que eran nuestras escuelas en los años 50 del Siglo XX. Quizá, la denominación de “la edad del pavo”, no estuviera reñida con aquellos recuerdos de la infancia, ya que poco a poco íbamos viendo cómo, aquellos desfiles desaparecían de nuestras calles a la misma velocidad que nuestros cuerpos dejaban los rasgos infantiles para dar paso a ese desgarbo, todavía sin definir de la pubertad.

El pavo que ya aparecía en las mesas reales de Enrique VIII de Inglaterra en el Siglo XVI, no pertenecía a los alimentos que adornaban las mesas de los humildes de mediados del Siglo XX. En la tradición vasca era más frecuente la presencia de la berza, acompañada del pollo o capón, también del bacalao o besugo asado, aunque este último dependía de las posibilidades económicas, quizá por eso en algunas mesas se celebraba con canciones como:
Aza-olioak pil-pil
Bisigua zirt-zart
Gaztaiña erriak pin-pan!
Aia goxo-goxo, epel-epel
”.

Berza en aceite al pil-pil
Besugo asado
Castañas asadas
Papilla dulce-dulce templadas”

En el Hospital Hospicio, las comidas tradicionales de navidad consistían en: En la Nochebuena se servía en la cena berza con aceite, estofado de carne, merluza albardada, compota de manzanas, postre de turrón y a los ancianos café, copa y puro. Mientras que en la comida del día siguiente, se servía a los acogidos los siguientes platos: sopa de arroz, cocido de garbanzo y berza, carne, principio de chorizos y postre de turrón.

A pesar de que el consumo del pavo estaba limitado a familias pudientes, entre los dichos populares estaba la apreciación de que: “...El pavo vale a 5 pesetas, por eso el canto de un pavo es como el canto de un duro...” Durante algunos días aquellos animales eran cuidados con esmero !Qué poco imaginaban su triste final!, que cual leyenda de “Argos” iban a terminar decapitados. Y nuevamente había de transcurrir un año hasta la llegada de la glugluteante manada. La prensa local también anunciaba en sus páginas: “...la venta de una partida de pavos y pavas cebados y un reclamo de perdiz vivo...”

A principios del Siglo XX, el precio de alguno de aquellos alimentos causaría la envidia de los presentes: En 1931 en el Mercado de la Ribera, durante el tradicional mercado de Nochevieja, los precios fueron: Pareja de pollos, de 12 a 35 pesetas; conejos, de 9 a 20; pichones, 4,50; gallinas, de 20 a 22; kilo de costilla, a 1,75; de lomo, a 4,50; docena de chorizos, de 9 a 10; kilo de angulas de la Isla, a 40 y el besugo, de 4 a 4,75. !Quien los cogiera hoy en día!

Otra de las tradiciones era la del Aguinaldo que venía de épocas anteriores. Se atribuía a los tiempos de Rómulo y Tacio rey de los Sabinos en la antigua Roma de quien dicen que en el año 747, tras haber tomado un manojo de ramas en el bosque consagrado a la diosa “Strenia”, el primer día del año, autorizó esa costumbre, de la que partiría la costumbre del Aguinaldo. La palabra latina “Strenna”, derivada de la anterior, que significaba presagio, pasó tras la costumbre de simbolizar los presagios en regalos a celebrar al inicio del año una fiesta, en la que los pequeños romanos recibían de sus mayores unas serpientes de mazapán introducidas en pequeñas cajas que los niños utilizaban para guardar sus pequeños tesoros.


Tradición que tiene raíces en Francia bajo el nombre deA gui l'an neuf”, relacionada con el muérdago navideño. En la Edad Media la palabra se gritaba por las calles el primero de enero, fue utilizada para marcar la alegría de la población en el momento de la renovación del año. Por extensión el término “aguilaneuf” se aplicó a los regalos de un Año Nuevo.

Entre nosotros la voz en castellano de “Aguinaldo”, “aguilandos” o “estrenas” se vincula a obsequio o regalo y es asociada a estrenar, esta palabra tiene paralelismo con las del euskera “gabonkariak”, “gabonsariak”, “urtats” (primer día del año) y “urtets”. Todos ellas sinónimos de regalo de Navidad o del regalo que los acompañaba.

Años más tarde, durante las navidades, los peregrinos, mendigos, viajeros y menestrales ambulantes, tocaban a las puertas de las casas pidiendo hospitalidad y llamaron aguinaldo a los obsequios que recibían. Los niños y los adultos solicitantes del aguinaldo solían ir cantando de casa en casa, durante el siglo XIX y hasta mediados del XX, formando pequeños grupos que recorrían las casas de familiares, conocidos o adinerados, solicitando el denominado “Aguinaldo”. Las guitarras, zambombas, tamboriles y demás instrumentos, alegría de pequeños y tortura de grandes, daban aires con sus armonías a ecos que anunciaban los bailes y las canciones de la navidad. Tengo de esa celebración una de las historias que me contaba mi ama cuando era pequeño, con canciones, que una de las estrofas que cantaba decía:

...Aguinaldo rechilé
por la amor de San Miguel
San Miguel está en la puerta
con su carterita puesta.
Si nos dan o nos dan,
las puertas se le caerán
...”

Hay quien aseveraba que algún adinerado, poco amigo de dádivas, solía mascullar entre dientes, tras el paso de los pequeños por su casa, mientras acariciaba su preciada bolsa: “...juro no volver a dar mas aguinaldos...” pero asentía a continuación, probablemente deseoso de oír nuevamente a los pequeños cantantes: “...hasta el año que viene...” La palabra “Richelet” quizá estuvo ligada entre nosotros, a los depurativos que a principios del siglo XX se daba a los niños, que según decían en los anuncios ayudaba al crecimiento de los huesos; que decían podía suplir a aquel horrible brebaje, que era el aceite de hígado de bacalao.


Aunque quizá la letra más tradicional en nuestros lares de año nuevo sea la de:

...Urte barri-barri,
dekonak eztekonari,
nik ezteko-eta-niri,
ezpa-bere txarri-belarri...”

...Año nuevo-nuevo,
el que tiene al que no tiene,
yo no tengo y a mí,
si no oreja de cerdo...”


En los años 50-60 era frecuente ver, durante las navidades, a los guardias municipales que hacían servicio en la carretera general, junto al Puente Bizkaia, subidos sobre una pequeña plataforma, rodeados de regalos navideños que algunos donantes iban dejando junto a ella. También el Ayuntamiento repartía regalos a los niños de familias con escasos recursos económicos. Hasta aquí un paseo por los recuerdos de otras navidades.

1 comentario:

  1. Le he leído a mí Amama el post y se ha puesto a recordar y a cantar. Me encanta tu trabajo. Para cuando recopilación en libro?

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