jueves, 16 de abril de 2026

ACONTECERES DEL ÚLTIMO CUARTO DEL SIGLO XIX EN GETXO -474

En la anterior entrada de esta serie sobre el último cuarto del Siglo XIX veíamos como, la tensión de la guerra con los EEUU por la isla de Cuba, hacía que comenzaran los preparativos de defensa del Abra.

Como decía en la anterior entrada, sobre el último cuarto del Siglo XIX, la prensa bilbaína seguía con su relato de los preparativos para la defensa del Abra, ante el avance de la guerra con los EEUU por la isla de Cuba: “...Esos cañones de 1784 y 1788, reformados de que existen en la batería de San Ignacio, y esos obuses de 4.600 metros de alcance instalados en la de Mazo, constituyen una defensa formidable.

Sin embargo la verdadera y eficaz defensa esta en la instalación de baterías de un alcance de catorce a diecisiete kilómetros, en la punta de la Galea y Punta Lucero, y en la colocación de torpedos en el Abra. Tenemos entendido que estas baterías de la Galea y del Lucero se van instalar, así como que se han encargado a Trubia ocho obuses de 24 y cuatro cañones de 15. Respecto al sistema de cañones que debería emplazarse, parécenos que, a ser posible, ninguno como el Hontoria, que es el mejor cañón que se conoce, de tal modo, que supera a todos los extranjeros en cuantas condiciones debe reunir un arma de esta clase.

En lo que se refiere a la defensa del interior del Abra, hemos dicho que ninguna mejor ni más eficaz pudiera encontrarse, que la colocación de torpedos, y añadiremos que entre estos, el torpedo español o sea el «torpedo Bustamante», está muy por encima como sucede, con los cañones de los torpedos extranjeros...”

Para apoyar sus razonamiento bélicos, aquel diario, contraponía las características de la «mina-torpedo Bustamante» a la de otros existentes: “...Tres de ellos extranjeros: El Torpedo «Singer» de origen americano, el cual es mecánico pero tan inseguro en su funcionamiento, que puede hacerlo explotar el menor movimiento, incluso el oleaje del mar.

El Torpedo eléctrico «Mathieson» de origen americano, es flotante y necesita dos estaciones en tierra que cierren el circuito eléctrico a voluntad del torpedista y además una boya unida al torpedo conteniendo un cerrador de circuitos. Todos los cerradores de circuitos conocidos son tan deficientes que lo mismo pueden funcionar por el choque de un buque que por una marejada algo fuerte o por el mismo balanceo de la boya o flotador.

Torpedos Latimer Clark y Mac Evoy este también de origen americano, son eléctricos como el anterior y con los mismos inconvenientes, sin ninguna ventaja. Estos torpedos son extranjeros y nos cuestan en fábrica aproximadamente el doble que los nuestros.

El torpedo «Bustamante» puede construirse para que funcione mecánica o eléctricamente, pero está probada la superioridad del mecánico, porque cerrándose un puerto con este material en condiciones estratégicas convenientes, resulta imposible la entrada de un buque sin que forzosamente choque con algún torpedo.

Véase si ayer teníamos razón al decir, que poseemos recursos más que suficientes para defender nuestras costas de toda agresión...” (La Voz de Vizcaya del 2 de julio de 1898). La mina-torpedo Bustamante fue un arma anfibia, obra del santanderino  Joaquín Bustamante y Quevedo. Se trataba de una mina estática, de accionamiento automático, que no requería de la acción humana exterior, ya que solo con un leve choque con el casco de un navío, era suficiente para que explosionara. La misma era una envuelta metálica para la carga de figura troncocónica, dotada con seis percutores y mismo número de palancas en la parte más ancha de su circunferencia. Estaba unida por un cable a un dispositivo de inmersión que se situaba en el fondo marino y se mantenía fija a éste flotando entre dos aguas. Cuando un barco impactaba o rozaba una de las palancas, ésta empujaba el percutor asignado que a su vez encendía el iniciador y explosionaba la carga. Pesaba trescientos diez kilos, de los que cuarenta y cuatro correspondían a la carga explosiva compuesta de algodón pólvora; era fácil de manejar y fondear y su capacidad de resistencia soportaba una explosión de ciento noventa kilos de pólvora aproximadamente a cuarenta metros de distancia; además de aguantar hasta cincuenta días sumergida en el mar con capacidad operativa.

Y entre tanto, la polémica sobre los puestos de defensa del Abra, y sus cañones y morteros, seguían siendo alimento de la prensa bilbaína. Otros diarios trataban sobre el tema «El Noticiero Bilbaíno» discernía a cerca de la responsabilidad de artillar las defensas de «Punta Lucero» y «San Ignacio»: “...Desde hace mucho tiempo venimos llamando la atención acerca de la conveniencia de poner el puerto de Bilbao en condiciones de defensa. La Junta de Defensa, constituida en Bilbao, viene trabajando con laudable celo a fin de conseguirlo, pero tropieza se estrella contra la pasividad y abandono del gobierno.

Todo lo que hasta ahora se ha hecho a sido por iniciativa de esa Junta. Pero resulta que los cañones emplazados en las baterías ya construidas no son suficientes, y aunque están destinados a la segunda línea de fuego, se necesitan mas cañones y obuses de largo alcance, alineados en puntos más avanzados.

Aquí hacen falta cañones modernos y de alcance para las baterías destinadas a la defensa del puerto, la Junta de defensa se halla dispuesta a sufragar sus gastos. Si por abandono del Gobierno, el puerto de Bilbao se viera el día de mañana atacado, pudiera decirse que se ha cometido con nosotros un crimen. La responsabilidad del Gobierno sería inmensa...” (El Noticiero Bilbaíno del 3 de julio de 1898).

Pero como todo no iba a ser guerra, y esta estaba lejos, también traía la prensa noticias refrescantes de nuestros lugares de asueto veraniegos, así narraba un tal “Juan de Amorebieta”: “...Las playas de Portugalete, Las Arenas, Algorta y Santurce, adquieren a cada momento mayor animación. Los calores estivales hacen que la gente que puede vaya a veranear a las lindas playas citadas, y la otra parte, al pueblo que permanece encerrado en talleres y oficinas los seis días de la semana, esa se aprovecha del descaso dominical para asaltar trenes y tranvías e ir a respirar las frescas brisas del Cantábrico y darse un chapuzón en sus azules aguas. La gente se preocupa de la guerra, pero no me ocuparé de ella en mi crónica. Huyamos de las sombras...” (El Nervión del 3 de julio de 1898).

Era aquella época de avances en la medicina y las enfermedades parasitarias, en Alemania la Malaria era una de ellas: “...El célebre doctor Koch, de regreso de las colonias alemanas, acaba de dar en Berlín una interesante conferencia sobre la «malaria», que acaba de estudiar minuciosamente en aquellas regiones.

Koch opina con los autores que le han precedido, que la causa de la malaria es un bacilo cuya naturaleza está exactamente determinada; en cuanto al modo de propagarse la enfermedad, opina que no es por medio del agua ni del aire, sino por medio de los mosquitos.

La quinina ha producido también en algunos casos tratados por Koch buenos resultados, pero no obra más que en cierto período de la enfermedad; la quinina no mata los bacilos, pero impide su desarrollo.

El doctor Koch se propone proseguir sus estudios, y espera encontrar, tarde o temprano, la vacuna de la malaria...” (La Voz de Vizcaya del 4 de julio de 1898). Y de mientras aquí, en casa, se daban consejos para combatir la Tisis: “...Para matar todos los gérmenes de la Tisis hay que someter la leche durante mucho tiempo a presión de vapor, a temperaturas superiores a la de cocción. La mortalidad en Bilbao por la tuberculosis alcanza la aterradora cifra de 6,68 por 1.000...” (El Noticiero Bilbaíno del 5 de julio de 1898).

En la próxima entrada de esta serie veremos como, los efectos de la guerra pareciera que habían llegado hasta las costumbres de algunos habitantes de la ría bilbaína.


No hay comentarios:

Publicar un comentario