MEMORIAS DE GETXO

jueves, 4 de febrero de 2016

TRAS LAS PRIMERAS NIEVES, LLEGAN LOS COROS DE AGATE DEUNA


Los bertsos de los coros de Santa Águeda a lo largo de los tiempos han sido de lo más variados. En todas las zonas las estrofas cambiaban su versión, pero casi todas tenían como trasfondo, en general, la petición a la dueña de la casa de alguna dádiva. Estrofas llenas de graciosas ocurrencias, en las que unas veces se pedían alimentos, otras dinero, muchas veces para terminar con un pícaro:

...Goazen, goazen hemendik,
hemen ezduk xingarrik,
etxe hontako gazitegian,
saguak umeak egintik...”
...Vámonos, vámonos de aquí,
aquí no hay tocino;
en el saladero de esta casa,
el ratón ha hecho crías...”.



Que al igual que en otras, reflejaba la pobreza de los habitantes de la casa. En todas pedían pero no siempre encontraban la esperada respuesta, por lo que en ocasiones, advertían en sus bertsos, con aseveraciones no exentas de machismo: “...piense la dueña de la casa las dificultades en que verán sus hijas casaderas, de no abrirse algo más a la generosidad...”. Otras veces, con alabanzas y bendiciones, en este caso para el señor de la casa:

...Bedeinkatua izan dedilla
etxe hontako jendia,
pobre ta umil dabillenentzat
badute borondatea;
Libertatea eskatzen diot
etxeko printzipalari
Santa yagedaren alabantzak
kantautzera noa ni...”
...Sea bendita la gente de esta casa,
tienen voluntad para los que andan
pobres y humildes.
Pido licencia al amo de casa.
Voy yo a cantar
 las alabanzas de Santa Agueda...”.


Aquellas rondas nocturnas de mendicantes que recorrían calles y baserris, según las épocas, entonaban otras estrofas en las que narraban las holguras de otros tiempos, solicitando a la etxekoandre que: “...no ande con vacilaciones y medidas en el corte del lomo con el que se ha de nutrir el saco de los donativos...”.


Recuerdo con cariño alguna estrofa que oí en mi niñez, en Areeta-Las Arenas. Siempre vuelve a mis oídos, suena como algo muy querido, me la cantaba mi ama, quien recordaba haberla entonado cuando era pequeña, se la enseñaron sus aitas:

....Etxe honen andre
emakume santua da,
baina holier izango litzateke,
bi erreal eman badugu...”
...la señora de esta casa,
es una santa mujer,
pero más santa sería,
si nos diera dos reales...”.


En los años 50, todas las cuadrillas de los barrios, sobre todo los niños de Romo, recorríamos todas las calles, entonado los bertsos, tocando los timbres de las casas, pidiendo la voluntad de nuestros vecinos. Más tarde nos desplazábamos hacia los chalets de Zugatzarte, quizá pensando que allí las propinas podían ser más espléndidas, no siempre era así. Solíamos cantar una estrofa que por entonces era la más popularizada:

Aintzaldu daigun Agate deuna,
bihar da, ba, Deun-Agate;
etxe onetan zorijon utza
betiko euko al dabe ...”.
Alabemos a Santa Águeda.
Mañana es el día de Santa Águeda;
deseamos a todos los de esta familia
pura felicidad para siempre...”.


A pesar de que al igual que ahora, no eran tiempos de bonanza, y de que nuestros rudimentarios bastones golpeaban de forma desacompasada el suelo de los portales, en la mayor parte de las puertas recibíamos algunos céntimos, que nos animaban para llegar alegres a casa, enseñando nuestro botín a nuestras amas, con ganas de repetir la experiencia al siguiente año.


Y aunque en los últimos años se puede afirmar que es una santa mojada, no es novedad en esta época del año. Algún diario en 1953-54 decía: “...la crudeza del tiempo no arredró a los coros de santa Águeda, recorrieron las calles poniendo una nota alegre en una noche fría y destemplada...”, las nevadas fueron copiosas, duraron cinco días, y los ferrocarriles entre Bilbao y Areeta-Las Arenas, aún el día 5 de febrero, tenían un servicio restringido, con lo que el transito por las calles era penoso. Un avispado columnista, de un diario local titulaba y decía: “...Los que juegan con la nieve pueden ser útiles a la sociedad. A todos los muchachos que juegan con la nieve, con peligro para los transeúntes, se les puede emplear en trabajos de retira la nieve de los lugares de tránsito, con ello se matarían dos pájaros de un tiro, la limpieza de las calles y que cesen los juegos peligrosos...”.


El año 1953 las calles de Romo, muchas sin asfaltar, recibieron una copiosa nevada, las copas de los arboles de Ibaiondo aparecían cubiertas de un velo blanco inmaculado; en Santa Eugenia, de la tapia de los Padres Oblatos, colgaban largos carámbanos de hielo, que se antojaban para los pequeños largas espadas, los bidones de las obras apostados junto a ella, tenían una gruesa capa de hielo, al igual que los charcos de la calle. Los cantores nocturnos, provistos de guantes de lana y katiuskas, a duras penas sentían los dedos de manos y casi tampoco los de los pies, solo alguna bebida caliente servida por alguna bondadosa ama de casa, apaciguaba el extremo frío de la noche.



Entre aquellos grupos de cantores de Romo, había uno que más tarde pasaría a complementar el coro parroquial, pero que en los años 50 solía recorrer Negubide y Zugatzarte. Algunos de sus componentes fueron los hermanos Egaña (Moi e Iñaki), Emiliano Zubiaga, el Zurdo, Julen Aresti, etc. De sus recorridos, suelen contar que: “...pasábamos por esas zonas porque los regalos, en forma de bebidas y viandas, eran más esplendidos, ya que sus habitantes eran gentes adineradas..., por ejemplo en el chalet de la Careaga, había empleadas de servicio en la cocina, eran de Markina y les encantaban los bertsos, ellas nos daban bocadillos de carne, botellas de vino, con los que llenábamos una cesta que solíamos llevar. Finalizábamos los cantos, a las 22,30 de la noche, en la Casa Cisco donde los Arana, allí tambien las chicas de servicio nos tenían preparadas sus viandas: la familia Arana bajaba a estar con nosotros y oír nuestros bertsos, les gustaba mucho. De hay marchábamos para el barrio, donde nos repartíamos los regalos...”. 

Esta tradición, que pasa de padres a hijos, yo he tenido la suerte de vivirla participando en ella. He ido viendo cómo en sucesivas generaciones ha evolucionado, he visto cantarla a mis hijos, pronto espero poder ver a mi nieta participar de la misma, seguro que ese día me producirá una gran ilusión ver a la pequeñaja vestida de baserritarra.


A pesar de en días pasados, ya en algunas cumbres cercanas se divisan las primeras y tardías nieves, de un perezoso invierno. De nuevo los coros de niños y adultos se abrirán paso por nuestras calles y plazas, desafiando la inclemencia del tiempo, alegrando esta mágica noche, en la que se celebra esta vieja tradición, entonando nuevamente las viejas y renovadas estrofas del Agate Deuna. !Qué cerca se antojan ya la caléndula y las tostadas!.

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