Cuando
en mi entrada “El Puente de las Lavanderas” del 8 de diciembre
del 2016, hablaba sobre las mujeres de Portugalete que acudían al
río Gobela de Las Arenas para limpiar y desinfectar sus ropas de
posibles virus de la temida viruela, me faltaba completar qué era lo
que motivaba que estas queridas vecinas tuvieran que cruzar el
charco.
Al
río Gobelas le dedicaron unos versos en 1880 con motivo de la
inauguración de las escuelas públicas de Lejona:
“...Y
queriendo asociarme
a
aquella fiesta insólita,
fui
vallecito arriba
por
la margen frondosa
del
riachuelo humilde
que
al Gobelas se asocia...”
Seguro
que las autoridades municipales del Pueblo vecino estarían deseosas
de facilitar a sus convecinos el agua que surtiera a los lavaderos
para hacer así menos fatigosas las tareas de aquellas mujeres, que
al igual que las de esta margen de la ría, debían portar sobre sus
cabezas aquellos voluminosos y pesados baldes de cinc en los que
llevaban su humildes sabanas y ropas.
A
pesar de ello no era solo nuestro pueblo vecino el que sufría
escaseces. Por esas fechas se decía en la prensa local que Getxo
estaba en camino de solucionar su problema de aguas: “...Portugalete,
Santurce y Algorta, los tres hermosos y prósperos pueblos que se
asoman al mar donde afluye a este el Ibaizabal, experimentan en punto
aguas potables la penuria que hemos atribuido a la generalidad de los
pueblos bañados por el mar. Parece que se comprometen a dotar de
agua a la populosa y rica barriada de Algorta (perteneciente al
municipio de Guecho) y a la de las Arenas, con siete fuentes de
excelente calidad cuyo caudal ha de proceder de la jurisdicción de
Berango, estas aguas creemos
proceden del caudal del riachuelo llamado Gobelas que desciende a las
playas de Lamiaco…”
Se
trataba de aquel río del que en 1502 decían: “...Que
viene de Gresalzu junto a la casa de Las Arenas hace tanto daño a la
barra que en breve tiempo hará que se pierda toda la canal. No es
otro que el llamado hoy Gobelas, basta un poco de conocimiento de la
topografía local para comprender que ambos nombres se refieren al
mismo rio ó arroyo. Hay una tierra baja por donde corre el Gobelas
que tiene el nombre de Gresalzu, voz que en vascuence equivale a la
palabra castellana “Marisma” y que estaba perfectamente apropiada
a aquellos terrenos, puesto que antes de la desecación de las
marismas de Guecho ó Lamiaco, estas se anegaban durante las mareas
vivas encharcándose e impregnándolas con sus sales…”
Y
volviendo al hecho que nos atañe, como decía un vecino de la Villa
Portugaluja, “Consumatum est”. Por fin en agosto de 1888 se
anunciaba en “El Noticiero Bilbaíno” la llegaba del liquido
elemento a la Villa Jarrillera para el próximo año: “...Que
sabiendo la gran escasez que había de agua, tenían que armarse de
resignación en espera del agua tan necesaria para la vida y los usos
domésticos...”
Decían no sin cierta maledicencia que: “...Es
tal la escasez de agua de esta Villa que, persona que yo conozco,
solo por esta necesidad, tiene que disponer de dos criadas para las
coladas y jabonaduras...”
Decían así mismo por aquel entonces, que los caños de la Villa
todos reunidos no daban ni para el consumo de una población de mil
habitantes. Getxo tan solo contaba un año antes (1887) con 3.649
habitantes (2.000 de ellos mujeres) y Portugalete con 3.412
habitantes (1.748 eran mujeres). El lavado de las ropas, que también
se realizaba en Portugalete, se hacía: “...En
el lavadero cubierto que se halla próximo a un pozo existente, hace
poco cubierto por la municipalidad. Parte también con agua de mar y
en general de un riachuelo llamado Ballonti...”
Como
había que buscar aguas, a poder ser no contaminadas por la temida
viruela, pensaban ellas, el desfile de lavanderas tras atravesar la
ría camino del Gobela por la entonces incipiente “Avenida de
Maximo Aguirre, portando sobre la cabeza los recipientes en los que
se transportaban sabanas y vestimentas, parecía una colorida
procesión. Por entonces el río Gobela era un lugar tranquilo, donde
los peces, cangrejos y ranas daban vida a aquel torrente de aguas
cristalinas sobre el que revoloteaban traviesas las efímeras
libélulas, como si estuvieran interpretando una danza nupcial. La
rivera del río era casi recta, de suave pendiente llena de juncos.
En sus herbazales ponían los patos sus huevos. En la zona de
lavaderos existían algunos meandros donde ellas lavaban las ropas.
Por
aquellos días era frecuente ver a mujeres arrodilladas sobre pilas
de cemento o sobre la rugosa mezcla de arcilla y piedra en la que
apoyaban sus rodillas. El trabajo de las lavanderas era duro, había
que llevar las ropas hasta el cauce del río, enjuagar la ropa,
enjabonarla, restregarla sobre la tabla, volver a enjuagarla,
retorcerla para escurrirla, extenderla sobre la rivera del río para
que se secara, doblarla y luego estaba el camino de regreso que se
hacía especialmente largo con las pesadas cargas sobre su cabeza.
Más tarde había que planchar la carga en casa. El permanente
contacto con las gélidas aguas era especialmente penoso en el
invierno, pero ellas se encargaban de calentar el ambiente con sus
distendidas charlas, creando un ambiente de camaradería entre las
lavanderas de Las Arenas, Santa Eugenia y Portugalete. Todo ese
proceso hacía que las labores se retrasaran hasta bien entrada la
tarde, dando juego al intercambio los sucedidos de ambas poblaciones.
El
jabón con el que restregaban las ropas, estaba compuesto por grasa
animal, o bien sosa mezclada con grasa sobrante de la matanza del
cerdo. Sus viejas y raídas ropas a veces eran blanqueadas con las
cenizas del hogar, a las que también solían añadir añil (una
pasta que se elabora macerando los tallos y las hojas de ciertas
plantas) para blanquear la ropa. Luego llegaría aquel !Bendito
jabón Chimbo!,
que fabricara la “Jabonera
Vizcaina”
en el barrio de Zorroza, del que se decían: “...Lava
bien y cunde mucho...”
Esta empresa fabricante de jabones tuvo sus más y menos respecto del
consumo de agua de nuestro río, ya que solicitaba la aportación
para su fábrica a razón de 55 litros por segundo. Los vecinos
decían que era más que la que llegaba al río durante el estío.
Se
alegraba el vecino de Portugalete en aquel artículo de agosto de
1888, pues la falta de agua en fuentes y lavaderos llegaba a su fin.
No sin cierta sorna decía: “...Ahora
ya se acabará aquello de ir al Gobela las muchas por la mañana, y
venirse por la tarde, y otras pasarse la tarde entera con una
descarga de ropa; ya los corrillos y colas de las fuentes
desaparecerán; no se vera aquella interminable fila de cacharros de
todas formas, clases, géneros y edades , que eran un baldón para el
ayuntamiento máxime viendo como hoy se ven aquellos caños, que se
parecen por lo manera de dar agua al rocín de D. Quijote, tan
escuálido y sutil el chorro...”
Comentaban
en esos tiempos que la solución para aquellas amas de casa y jóvenes
era la de acudir al Gobela, Sestao, Santurce o al río de Galindo,
porque de no haber sido así: “...En
algunas casas de mucha familia y de cortos recursos, la miseria les
hubiera comido...”
Lo curioso de aquella obra de llevada de aguas a Portugalete fue que
coincidió con las fiestas patronales de la Asunción y San Roque.
No hay comentarios:
Publicar un comentario